viernes, 13 de diciembre de 2013

Ceremonia de los Premios Copé 2013

Antes de la ceremonia, el saxofonista Jean Pierre Magnet interpretó algunos temas; posteriormente se entregaron los premios a los ganadores en poesía. En el segundo video se escuchará al ganador del Copé de Oro, Leoncio Luque Ccota.



lunes, 30 de septiembre de 2013

Ida y vuelta (cuento)













The Morning Chronicle, avisos clasificados, 17 de septiembre de 1861

Señor

Lawrence Merriwether Burroughs, Jr.

Estimado señor Burroughs:

He leído con atención su novela “Las Onagras del Oriente”, que tan extrañas y a menudo inconsecuentes reseñas ha merecido a través de los medios literarios, y me complace decirle que, particularmente, opino con resolución que su ópera prima es uno de los textos más destacados, entretenidos y mejor trabajados que he tenido en mis manos este año. Su prosa, de pulido carácter satírico, la compararía con los primeros trabajos de Thackeray, pero asimismo con los mejores de Bulwer-Lytton, quien por cierto es de los autores que más respeto me merecen. Me pareció incluso percibir cierta influencia dickensiana en determinados párrafos. Se nota que es usted una persona muy bien instruida, y que sabe aplicar en su oficio las enseñanzas de los grandes maestros.

      Tan grande ha sido mi entusiasmo, que no he podido menos que compartir mi experiencia con mis más queridos allegados, quienes no dudaron en expresar asimismo su opinión en favor de su novela, lo cual le traerá un buen número de lectores que estoy seguro se multiplicará en los próximos días.

    Deseándole lo mejor en su ya fructífera carrera, me despido de usted muy cordialmente,           

Quentin Abraham Goodfellow,

Editor, London Reviews

                                                               *******

The Manchester Examiner, sección de avisos personales, 22 de septiembre de 1861

Señor

Quentin Abraham Goodfellow

Editor, London Reviews

Estimado señor Goodfellow:

No pude dejar de sorprenderme al abrir la sección de clasificados del Morning Chronicle y encontrar su misiva, fechada el 17 de septiembre de los corrientes, en la cual usted me halaga sobremanera, cosa que no merezco ya que soy muy consciente de mis humildes facultades. Digo que me hallo sorprendido, pero no sé si deba realmente hacerlo, porque como usted bien sabe, el nombre de Quentin Abraham Goodfellow, con el que usted firma, no es sino el que yo mismo le puse, para escribirme a mí mismo tal misiva, la cual me proporcionó, eso sí, momentos de agrado por provenir de tan importante revista como la que usted dirige. A decir verdad, estimado editor, no solamente no merezco vuestros parabienes, sino que no los necesito realmente para sobreponerme a las críticas de publicaciones como el Reader’s Mirror, la cual calificó mi novela como “pezuñenta”, o la del renombrado catedrático en lenguas sajonas Sir William Northington, el cual opinó que las páginas de “Las Onagras del Oriente” deberían estar engalanando los inodoros del asilo de Colney Hatch en lugar de los puestos de Burlington Arcade. Pero, de ahí a que usted, o sea yo, publique una carta que debe haberle costado su valioso tiempo y especialmente dinero, el cual, como es obvio, sale de mi bolsillo, me parece algo sumamente peculiar, por decirlo de alguna manera. No es que no lo agradezca, pero agradecería más una muestra de sinceridad suya, puesto que si de algo me precio en esta vida, a pesar de mis fracasos literarios, es de ser un hombre sincero.

         Me despido de usted muy cordialmente,

Lawrence Merriwether Burroughs, Jr.

Autor, “Las Onagras del Oriente”

                                                            *******

The Morning Chronicle, avisos clasificados, 26 de septiembre de 1861

Señor

Lawrence Merriwether Burroughs, Jr.

Estimadísimo autor:

Con mucha atención acabo de efectuar la lectura de su respuesta en el Manchester Examiner, con fecha 22 del presente mes, y debo expresar mi sentir acerca de sus palabras, las cuales considero producto de una comprensible desazón, motivada con toda seguridad por las opiniones vertidas en contra de su magnífica obra, las cuales considero injustas e innecesarias. Al respecto, le confieso que yo también he podido ser testigo de dichos arrebatos, porque, como usted con gran perspicacia ya lo ha manifestado en su gentil respuesta, el nombre de Goodfellow efectivamente ha sido creado por usted, o sea yo, por lo cual el sentir es obligadamente mutuo.

     Pero, volviendo a lo que nos ocupa, es decir las críticas aparecidas en las distintas tribunas dedicadas al arte de Melpómene, he de decir que no puedo estar sino disconforme con ellas, no faltaba más, como por ejemplo, con la opinión de la renombrada poetisa y miembro honorario del Pen Club, Lady Winifred Thornton, la cual afirma, como usted seguramente habrá leído ya en la prestigiosa revista Gardener’s Books, que lo único que podría hacer ella con “Las Onagras del Oriente” es arrancarle la portada de piel de cordero para hacerse una cartera. Pero, por supuesto, a pesar de que no es costumbre mía objetar las apreciaciones de una dama, por la presente me solidarizo con usted, señor, porque buena cuenta tengo de su valía, y por el respeto que me merece la bondad de su obra.

     Asimismo, aprovecho para comunicarle que, puesto que los reconocidos libreros Chapman and Hall, de la calle Strand, no tuvieron la sensatez de incluir este trabajo en su catálogo, argumentando con poca propiedad que sus lectores preferirían usar papel de seda para limpiarse las narices en lugar de tener que utilizar las páginas de su libro, he iniciado, en forma particular, la distribución de su estupendo texto, poniendo mucho cuidado en no interferir en sus labores, las cuales sé que son muy recargadas puesto que son efectuadas por mí, obviamente.
      Esperando que la presente llegue a usted a manera de desagravio, me despido con un cordial saludo,

Quentin Abraham Goodfellow

Editor, London Reviews

                                                                *******

The Manchester Examiner, sección de avisos personales, 29 de septiembre de 1861

Señor

Quentin Abraham Goodfellow

Editor, London Reviews

Amabilísimo editor:

No me es fácil escoger las frases con las que debo dirigirme a usted, habida cuenta que no esperaba recibir una segunda misiva de su parte, menos aún con las caras y apreciables frases dirigidas hacia mi persona respecto a mi novela que, lastimosamente, no ha sido bien acogida en los círculos literarios del reino, a pesar del esfuerzo puesto en su confección, de lo cual usted es testigo de excepción, por motivos evidentes, por no decir que las únicas misivas que realmente me llegan estos días son las del lechero, el verdulero y el carnicero, entre otros distinguidos acreedores.
      Quisiera, sin embargo, detenerme un momento para solicitarle, encarecidamente, que no haga más de estos envíos, pues si bien son halagadores, podrían causarle a su revista, London Reviews, ciertos problemas de credibilidad, no por el hecho que tal revista no existe, puesto que también es obra de mi imaginación, sino porque su contenido contradice la opinión de reputados lectores y afamados profesores de literatura, como es el caso de Sir Patrick Henry Lawford, quien, a través del Bristol Mercury, aseveró que leer cada página de “Las Onagras del Oriente” le proporcionó tanto placer como bailar la polka con una vieja asmática. Por otro lado, en estos momentos me es difícil mantener cualquier tipo de intercambio, habida cuenta de que, tras haber invertido todo mi capital en la obra en cuestión, mi situación financiera no me ha permitido asirme al hábito de comer en los últimos dos días, salvo por un tomate crudo y una col a los que pude echar mano en Brick Lane, y una sardina fresca que pude hábilmente ocultar en mi bragueta al pasar por Billingsgate. Nada de esto, sin embargo, constituye óbice para dejar de atender a su honrosa misiva del pasado 26 de los corrientes, aunque haya sido escrita por mí mismo, por lo cual me siento obligado a emitir esta rápida respuesta, con la cual considero suficiente el intercambio de comunicaciones referido a este asunto.

       Sin más que agregar, me despido nuevamente con la cordialidad habitual,

Lawrence Merriwether Burroughs, Jr.

Autor, “Las Onagras del Oriente”           

                                                               *******

The Morning Chronicle, avisos clasificados, 2 de octubre de 1861

Señor

Lawrence Merriwether Burroughs, Jr.

Amable y perseverante hombre de letras:

Empiezo esta última respuesta acogiéndome a su deseo de no continuar con estas comunicaciones, porque, como usted habrá podido notar puesto que es quien las escribe, es difícil para mí, o sea para usted, viajar desde Manchester hasta Londres y viceversa para dejar los mensajes y leer las respuestas. A todo esto, quisiera, sin embargo, dejarlo con unas pocas palabras más que complementen la diferente impresión que su deleitosa obra ha dejado en personas con las que he tenido el placer de charlar últimamente.

     Como soy hombre de palabra, cumplí con distribuir su libro como se lo prometí, cuidándome de hacerlo entre personas de lo más granjeado, por supuesto, y he aquí que en una recepción ofrecida por Lady Genevieve Lloyd, baronesa de Arlington — en la cual, como era de esperarse, aproveché para llenarme los bolsillos con entremeses —, el veredicto de la anfitriona dejó entrever que su trabajo goza de plena aceptación, a tal grado que la baronesa declaró que su excelente opus la acompaña en su alcoba, y tales muestras de aprecio las han hecho públicas también los muchos nobles que allí acudieron, así como las distinguidas damas que engalanaron la dicha reunión con la frescura de su presencia. Por colocar algunos ejemplos, Lord Henry Cavington, el prominente coleccionista de libros, me confió que “Las Onagras del Oriente” tiene como gran virtud demostrar, de manera brillante, que en un gran imperio como el nuestro la libertad de publicación es tan igual para las almas de dorada cuna como para las pobres bestias bautizadas con lodo, y me impresionaron sobre todo las palabras de Dame Amelia Hathaway, duquesa de Somerset, quien agradeció sobremanera el hecho que le haya concedido la lectura de su libro únicamente a ella y no a sus padres, confiándome asimismo que en ese momento ellos estaban delicados de salud y por ende fácilmente impresionables por el vómito de la chusma, aunque, debido a su gran delicadeza y diplomacia, no quiso aclarar exactamente a qué se refería.

       Agradeciendo infinitamente sus amables y consideradas respuestas, me despido muy cortésmente,

Quentin Abraham Goodfellow

Editor, London Reviews

                                                              *******

The Manchester Examiner, sección de avisos personales, 6 de octubre de 1861

Señor

Quentin Abraham Goodfellow

Editor, London Reviews

Estimadísimo caballero:

Es un placer terminar estas charlas con sendas muestras de afecto, tanto hacia mi trabajo, que por cierto es el suyo, como hacia su labor, que también es la mía. Sin embargo, es una enorme pena decir esto justamente cuando acabo de recibir un aviso de desahucio y asimismo haber escuchado la sentencia que dispone mi inminente traslado a la prisión de Marshalsea, a raíz de las deudas contraídas por la impresión de mi libro para la distribución de que la que usted, o sea yo, se hizo cargo desinteresadamente.

       Volviendo al asunto de su última carta, le diré que estoy colmadamente enterado de las reacciones de las personas a las que usted alude porque, como es de su pleno conocimiento, fui yo el que asistió a la recepción ofrecida por la baronesa de Arlington. Sin embargo, si la memoria no me traiciona, lo que dijo la baronesa, antes de que los guardias del palacio me invitaran amablemente a abandonar el lugar argumentando una supuesta confusión en la lista de invitados, fue que mi novela “seguramente gozará de una amplia aceptación entre la gente apropiada”, lo cual no sabría cómo interpretar correctamente, así como tampoco dijo precisamente que mi libro la acompañaba en su alcoba, sino que lo tenía debajo de la cama para nivelar una de las patas que se estaba moviendo. Sin embargo, tomo de buena fe dichos comentarios, por provenir de gente de nobles quehaceres y posiciones de rangos muy respetables.

   Finalizando, por tanto, estas comunicaciones, de las cuales agradezco profundamente las que vinieron de su parte, me despido por última vez de usted, es decir de mí,

Lawrence Merriwether Burroughs

Autor, “Las Onagras del Oriente”

o

Quentin Abraham Goodfellow

Editor, London Reviews.

           O como sea, que para el caso ya da lo mismo.

viernes, 7 de junio de 2013

Chachi Sanseviero sobre los inicios de la librería El Virrey

Han pasado ya dos años y dos meses de la mudanza de la librería "El Virrey", para dar paso a una agencia de Interbank que debe ser la más desértica de todas. En el video se escucha parte del audio de una conferencia llevada a cabo en la sala "Juan Mejía Baca" de la Biblioteca Nacional del Perú. La acompañaba en la mesa el entonces director de la mencionada biblioteca, Hugo Neira.


lunes, 6 de mayo de 2013

Soñé con un banco

Me agarró la gripe, y a veces eso me provoca sueños extraños, como el que voy a narrar a continuación.
Entré a un enorme edificio bancario con la intención de cerrar mi cuenta, porque el banco tenía una sola sede y, curiosamente, había que subir seis pisos para realizar un trámite. Así que le di mi tarjeta de débito a la cajera, quien por cierto era una mujer de edad madura, y le indiqué que me entregara la plata.
─ Un momentito, señor ─ me dijo ─. Usted no ha pagado el impuesto al uso de los elevadores por casi dos años. Voy a consultar con la subgerencia para ver cuánto es.
Puse una mirada de extrañeza y sentí un escalofrío cuando la empleada fue a consultar con otra persona. Al final, un subgerente le dijo que eran como 400 soles. "Eso es lo que cobramos", le dijo el hombre. "Por eso somos los mejores".
La cajera regresó a su puesto y un hombre de la cola me dijo que tenía que efectuar un reclamo. Entonces intenté decir algo:
─ ¡Vieja ratera...! ─ intenté exclamar, pero la voz no me salía, o me salía muy débilmente. El hombre de la cola insistió en que siguiera reclamado.
─ ¡Es usted una vieja ratera...! ─ dije, pero tan débilmente que casi no me escuché yo mismo.
─ ¡No, no, no es allí! ─ me dijo una señorita de la cola de al lado. ─ Es con el señor que está en el escritorio pardo.
Pasé delante de todos, llegué al mencionado escritorio, que se hallaba bastante alejado, y hablé con la persona, blandiendo mi tarjeta .
─ Sí, señor, ¿en qué lo puedo servir?
─ Son ustedes una tira de ladrones...
La voz se escuchó clara, pero el tipo pareció no entender. 
─ Disculpe, ¿qué trámite va a efectuar? 
Junto a su escritorio había una lista, en papel blanco, con casi cien opciones. Yo elevé más todavía mi voz.
─ ¡Que son ustedes una tira de ladrones...!
Esta vez mi voz sí retumbó en el edificio como si este fuera un teatro acústico.
─ ¡Ah, sí, por supuesto! ¿Me permite su tarjeta, señor?
El tipo consultó su lista y se llevó mi tarjeta. Luego de unos segundos, apareció de nuevo con un estado de cuenta en la mano: Me lo entregó y me despidió con una sonrisa.
─ Ya está, señor. Todo solucionado. Que tenga buen día.
El estado de cuenta no lo vi en ese momento; al salir me encontré con la señorita de la cola.
─ ¿Ya ve? Para cobranza de cheques, pago de luz, es en las ventanillas. Para otras cosas, es allá donde el escritorio.
Le agradecí y vi mi estado de cuenta: me habían aumentado 400 soles. Un truco para hacer que me mantenga mi cuenta en el banco, seguramente; es más, hasta me había olvidado de que originalmente entré allí para sacar mi plata. Entonces desperté: todavía me dolía un poco la garganta, pero no por los gritos, sino por la gripe.

martes, 30 de abril de 2013

El médico se cura solo


El 30 de abril puede ser un día significativo para algunas naciones: un 30 de abril George Washington juramentó como primer presidente de los Estados Unidos y un 30 de abril Hitler y Eva Braun se suicidaron (esa es la versión oficial) en su Bunker berlinés. A propósito de Hitler, como dato curioso, un 30 de abril se estrenó en España "El gran dictador" de Chaplin, pero recién en 1976, porque Franco la había prohibido durante 36 años.
Pero lo único que me interesa realmente, como ex estudiante de medicina, es que un 30 de abril ocurrió algo que llamaría la atención de propios y extraños: en 1961, en un puesto de la Antártida, el doctor ruso Leonid Rogozov tuvo que extraerse él mismo el apéndice.
Leamos algo del relato del propio Rogozov: "En la mañana del 29 de abril de 1961 no me sentí muy bien. Los síntomas eran debilidad, malestar general y luego náuseas, En una horas, apareció dolor en la parte baja del abdomen (...), la temperatura ascendió a 37.4ª C. Era claramente un caso de apendicitis.(...) No había posibilidad de obtener ayuda médica desde Myrni a tiempo, pues está aproximadamente a 4,800 km de la Estación Novolazarevskaya."
A partir de aquí, Rozorov empieza a narrar tanto en primera persona como en tercera, refiriéndose a él mismo como "el paciente". El aerólogo F. F. Kabot y el asistente R.N. Pyzhov esterilizaron los instrumentos. El meteorólogo A.N. Artemyev se haría cargo de los retractors, mientras que Z.M. Teplinsky manejaría un espejo para que Rozorov, a la sazón de 27 años, pudiera ver áreas específicas.
Rogozov se colocó recostado para posibilitarle la visión, descansando el peso sobre la parte izquierda. A las 22 hs. (tiempo de Moscú), el abdomen fue anestesiado con solución de Novocaína al 0.5%, 15 minutos después Rogozov practicó una incisión típica de 10 a 12 cm. Empezó entonces a buscar el apéndice, a ratos con ayuda del espejo, a ratos solamente palpando. "Era frecuentemente necesario levantar la cabeza", dice Rogozov, "para ver mejor". Se sintió muy débil luego de 30 minutos, así que tuvo que hacer pausas. Luego de la extirpación del apéndice, que tenía una perforación en la base, introdujo antibióticos en la cavidad abdominal, y la herida fue fuertemente suturada. La operación se completó a la medianoche. Rogozov recobró su temperatura normal en 5 días, y luego de una semana las suturas fueron removidas. Dos semanas después pudo regresar a su labores.
Rogozov fue galardonado con la orden de la Bandera Roja del Trabajo, desempeñándose luego como jefe del Departamento de Cirugía en Leningrado hasta su muerte el 21 de septiembre de 2000. En la web "Tejiendo el mundo" hay dos fotografías de la operación. El dicho "el médico se cura solo" no podía ser más explícito en este caso. Comparado con esto, la escena de "Rambo" donde se le ve cosiéndose una herida con aguja e hilo resulta, pues, cosa de Disney Channel...

lunes, 15 de abril de 2013

Biberones (cuento)


(Cuento publicado en la sección "El Dominical" de El Comercio, el día 14 de abril) 

A la enfermera, simple y llanamente, se le metió el diablo y empezó a cambiarles los brazaletes de identificación a los recién nacidos: al niño Lozano le puso el brazalete del niño Rosas, a la niña Bazán el de la niña Bertini, y se fue a su casa, pues ya había terminado su turno. Pero, poco después, se arrepintió y regresó al hospital. Ya era tarde: los críos habían sido recogidos para ser registrados como manda la ley. Así que prefirió tragarse lo que había hecho y rogar a Dios para que el tiempo hiciera su trabajo.
            Veinticinco años después, regresaron sus fantasmas, pero en una forma que ella no hubiera podido imaginar. Un hombre joven tocó a su puerta y, ante la sorpresa de la enfermera, le agradeció haberlo entregado a la familia Lozano, pues sus verdaderos padres, los Rosas, estaban ahora pudriéndose en la cárcel por haberse vendido al dictador que acababa de ser desalojado del poder. Algunos días más tarde, otro hombre, que dijo apellidarse Rosas, fue a ofrecerle un bonito presente — un bouquet de primera calidad — por no haberlo dejado con la familia Lozano, ya que los Rosas hicieron mucho dinero mientras el dictador estaba en el poder, y ahora el visitante se iba a Aruba para disfrutar del sol y las mujeres, al tiempo que preparaba su estrategia para liberar a sus padres presos —según él, víctimas de la represión revanchista de los que ahora usurpaban la palabra democracia —. Esa misma semana, una joven, Sofía Bazán, se apareció en el umbral para decirle a la enfermera que era un ángel del Señor porque, si no fuera por ella, habría terminado en una clínica de rehabilitación luchando contra una adicción a los analgésicos, por no mencionar una terrible anorexia y problemas legales de diversa índole. Y algunos días más tarde, se estacionó frente a la casa de la enfermera una limosina, de la cual bajó la famosa estrella de pop Xiomi Bertini, recién salida de la clínica de rehabilitación, para agradecerle infinitamente que no la hubiera dejado con esa familia de apellido Bazán, que no tenía dónde caerse muerta: ella no podría haber vivido en medio de toda esa miseria, pues era una celebridad y no abandonaría por nada sus casas de veraneo, despidiéndose luego mientras acariciaba a Aldo, su pomerano consentido.
            Entonces, la enfermera concluyó que ya podía estar en paz con su conciencia. El cambio de brazaletes, al final de cuentas, fue lo mejor que pudo haber hecho en su vida, a pesar de que la vida, precisamente, no la trató como ella se merecía. Cierto es que nunca se casó, que todos los novios se le fueron, que hace muchos años, luego de confesar finalmente el incidente del cambio, porque era algo que no la dejaba dormir, fue despedida, su licencia cancelada y a raíz de todo ello todos sus amigos la abandonaron; pero al final resultó que había hecho una buena obra, después de todo. Aunque, claro, siempre tuvo la curiosidad de saber por qué se le metió el diablo aquella noche, veinticinco años atrás. ¿Por qué? Algunas veces, se detenía frente al espejo y se decía, observándose fijamente el rostro, que el motivo de haber actuado así eran las dudas que tenía acerca de su propio origen, así como los problemas que enfrentó al intentar convencer a la gente, durante toda su niñez y adolescencia, de su versión acerca de su nacimiento. Después de todo, era difícil hacer creer a los demás — niños, adolescentes o adultos —, que una niña de cabellos rubios hubiera podido ser engendrada por padres negros…

jueves, 21 de marzo de 2013

¿La felicidad ja ja?


Jigmy Singye Wangchuck, rey de Bután, ideó el término "Felicidad nacional bruta" (FNB), un indicador de vida para mostrarles a sus súbditos lo bien que marchaban bajo su mandato. Corría el año de 1972: entonces el rey era un mozalbete de 17 años, ascendido al poder tras la repentina muerte de su padre, y algo tenía que hacer para tratar de ganarse el afecto del pueblo. Claro que, luego de algún tiempo, tuvo que hacer algo para volver a poner feliz a la gente: una gran boda real. Se casó con cuatro mujeres a la vez, en 1979.
Algunos se tomaron muy en serio lo de la FNB. El índice de felicidad se puede medir, pero no lo dice un excéntrico postulante al anti-Nobel: lo dice un premio Nobel. Daniel Kahnemann, premio Nobel de Economía, habla de algo llamado "Método de reconstrucción del día". Ahora, lo que tenemos es el llamado "Índice Mundial de la Felicidad", en el cual Perú ocupa el sexto lugar, según los medios de comunicación, tomando una investigación de la entidad llamada WIN-Gallup (aunque en realidad es el octavo, ese sexto lugar es en esperanza de crecimiento de la economía). WIN son las siglas de Worldwide Independent Network (of Market Research) y Gallup, por supuesto, es una conocida encuestadora.
Lo único que me gustaría saber es: ¿Dónde fue a preguntar Gallup? Porque la pregunta de Gallup fue ¿En términos generales, personalmente se siente feliz, infeliz o ni feliz ni infeliz en su vida? 53% de la población mundial, según la encuestadora, dijeron ser felices. En el Perú, 63%. Lamentablemente, ya hemos visto, hace pocos días, lo que las encuestadoras tienen que ofrecer. Una encuestadora que daba como ganador al SI hasta por 17 puntos en un determinado momento, tuvo que arrastrase ante el público para alanzar un "Flash" diciendo que el NO ganaba por cuatro puntos. Entonces, ¿le creemos a Gallup?
Lo pregunto porque, en el país de los asaltos a mano armada a media cuadra de una división policial, en el país de los sicarios, los marcas, los extorsionadores de Construcción Civil, la corrupción judicial, la politiquería mafiosa, la mala atención médica, el periodismo asqueroso, la televisión basura, la estafa educativa, el racismo, la homofobia, el hacinamiento, etc., se me hace difícil que Gallup haya recorrido la ciudad, leído el periódico o hablado realmente con la población, limitándose a hacer la preguntita de marras en zonas que seguramente debieron ser muy bien escogidas. Pero lo pregunto también porque el año 2011, una ONG llamada "Corporación Latinobarómetro", auspiciada por la OEA y la Corporación Latina de Fomento, hizo una pregunta similar en varios países de Latinoamérica: "En términos generales, ¿diría que está satisfecho con su vida?. El resultado fue: De 19 países, Perú ocupó el puesto 17 en "felicidad", superando solamente a Bolivia y El Salvador.
Así que, señores de WIN-Gallup, pueden regresar cuando quieran con sus encuestitas hechas en Miraflores, San Isidro y Las Casuarinas. Aquí nadie los conoce, nadie les cree y, a pesar de todos los problemas ya enumerados, se burlan de ustedes.

viernes, 1 de marzo de 2013

La vida como cortina de humo

Últimamente se ha vuelto una costumbre generalizada llamarle "cortina de humo" a cualquier cosa que pasa en un país donde pasa de todo. ¿El político fulano fue descubierto en plena coima por un chuponeador? Cortina de humo. ¿Viene el cantante de pop a albortar las hormonas femeninas en Lima? Cortina de humo. ¿Leysi Suárez apareció desnuda sobre la bandera nacional? Cortina de humo.
"Cortina de humo" es, por supuesto, un acontecimiento armado ex profeso para desviar la atención que la gente puede dar hacia algún hecho punible que es responsabilidad de la administración estatal. De ese modo, en cada uno de estos aparatos de distracción, necesariamente tiene que estar implicada una agencia gubernamental, o un medio de comunicación afín al gobierno de turno. Recordemos a las famosas "vírgenes que lloran" del fujimorismo, geniales creaciones del Dr. Sigisfredo Luza, cuyo "armado" fue descrito por varios autores, entre ellos Sally Bowen en su libro "El expediente Fujimori". La casa donde se había producido el "milagro" era, como sabemos ahora, de la madre de un agente del SIN. Los canales y diariosque difundieron el acontecimiento estaban, por supuesto, comprados con los cerros de billetes que aparecen en los "vladivideos", organizadores de la marejada de programas basura que todos conocimos. Pero ahora resulta que el médico de cabecera de Fujimori dijo, el mes pasado, respecto a las demoras en el indulto del ex mandatario, que el propio Fujimori era utilizado como "cortina de humo". Una "distracción" para ocultar cosas que ni siquiera define. Bueno, si vamos a hablar de distraciones, le mencionaré una, doctor: ¿No se acuerda cuando su paciente estaba sano y encabezó esa "persecución" tipo Bat Masterson a Montesinos, sabiendo perfectamente que ya no estaba en el país? Piense en esas cosas, antes de hablar de "distracciones".
Por supuesto, todavía se producen estas cortinas, como en todo régimen: ahí tenemos el caso de los "Pishtacos" de cierto ex Ministro del Interior, ahora defenestrado. Pero, ante la presencia de cualquier caso criminal, en un país con una delincuencia desbocada, con un comandante general de la policía que es un mentiroso, venir a decir que cualquier suceso luctuoso es un psicosocial, es una estupidez rayana en la complicidad. Cuando se escapó un criminal como Gringasho, de un centro de reclusión que ha sido una coladera durante 68 años, se dijo que era una cortina de humo. Y sin respeto por las tragedias ajenas, cuando un ex policía mató a su familia y se suicidó, se dijo lo mismo.
Por supuesto, cuando está implicado un político, el partido al que corresponde tiene que actuar igual. Así, los congresistas de Perú Posible hablaron de cortina de humo cuando se quiso reabrir el caso de las firmas falsas, y ahora las bancadas de PP y el Apra hablan de lo mismo respecto a las residencias de Alejandro Toledo y Alan García. Asimismo, las denuncias contra los gobernadores regionales se califican igual. En resumen, cuando les descubren algo, toda esta gente se dedica a hablar como si viviéramos en un país donde los políticos jamás han robado, jamás han mentido y todos merecen el Premio Nobel de la Honestidad.
Entre otros ejemplos del grado al que se llega en el Perú respecto a este tema, el congresista Ronald Gamarra salíó una vez con que el "indulto y captura" de José Enrique Crousillat eran jugadas políticas del segundo gobierno de Alan García. Y varios congresistas fueron de la misma opinión. Asimismo, Victor García Belaunde dijo una vez que el proyecto de ley para reinstaurar la pena de muerte en casos de violación y asesinato de niños era "un psicosocial muy inteligente". Y para hablar de los periodistas, otro personaje que imaginó unicornios en el baño fue César Hildebrandt, quien dijo, respecto al decreto que salva a los clubes Universitario y Alianza, que "lo del fútbol es una cortina de humo para tapar lo de Antauro Humala". Aunque, por supuesto, es difícil calificar algunas cosas que Hildebrandt suele decir.
En fin, yo creo que todo ese sector de la sociedad que no sabe más que esgrimir el mismo argumento (si se le puede llamar argumento) ante cualquier circunstancia, lo hace porque su propia vida está de llena de humo. Lamentablemente, los índices de comprensión de lectura y el nivel de vida poblacional, entre otras materias, parecen confirmar esta última idea.

viernes, 8 de febrero de 2013

Piensa verde (cuento)


Martes (hace tres días).-

Amanecí con ganas enormes de tomar agua. Alguna vez escuché que eso podría estar relacionado con la diabetes, pero en mi último examen rutinario mis niveles de insulina estaban dentro de los límites normales, según mi médico. Pero yo necesitaba mucha agua, por algún motivo. Así que empecé a abastecerme de six-packs y compré un pequeño hervidor para purificar lo que saliera del caño. En el trabajo me recriminaron por haber acabado con la mitad del bidón de agua mineral y casi todos los vasitos de plástico. Pero, luego de una docena de litros, la furia acuífera pareció calmarse. No entiendo por qué, pero esa noche me acosté pensando en cómo se sentiría tomar un baño frío bajo una cascada.

Miércoles.-

Cambié de ruta para ir al trabajo: no pasé por la callecita de siempre, donde los toldos proveen de buena sombra, sino que rodeé por la avenida, donde todo el sol me golpeaba en la cara. Vivo en una de esas ciudades de verano eterno, con temperaturas que hacen muy felices a los vendedores de helados. Por eso adquirí una piel ligeramente bronceada, pero ese día su tonalidad era más que singular. Mis compañeros de trabajo no hacían otra cosa que hablar de mi  aspecto. Me sentí casi obligado a recapitular mis últimas experiencias para encontrar el origen de todo lo que me estaba ocurriendo. No pensé que fuera por haberle puesto la lápida a mi relación con Lisa — la de la falsa sonrisa, según el fronterizo del supervisor, acostumbrado a poner apodos, pero que nunca se entera de los suyos —, ya que dicha relación nunca asomó a ser especial. El problema fue ella misma, desde un principio. Cuando conocí a la morena, ya llevaba en su equipaje una charla desarticulada hasta lo irracional. Pensé que cambiaría con el tiempo, pero le deleitaba hablaba de animes japoneses, ofertas en línea y cosas que hacían insostenibles las ganas de quedarse despierto. Y cuando hablaba de cine, tenía que esforzarme en poner mi mente en otra dimensión para no escucharla decir, por ejemplo, que Dorothy debió quedarse en esa tierra maravillosa de Oz en lugar de regresar a Kansas a rodearse de mierda de caballo, o decir que la coreografía de Gene Kelly en el número “Singing in the Rain” era lo más gay que había visto jamás en una película. Aunque tales excentricidades no deberían sorprender de alguien que coloca las llaves de su casa, con entera confianza, debajo de un duende de porcelana, junto a la puerta. Yo, en cambio, le pido una contraseña a mi habitual repartidor de pizza, aunque este me conoce desde hace seis años.

            Volviendo a mi color de piel, concluí que eso nada tenía que ver con el corazón; por eso traté de arrojar el problema a algún descampado espiritual, donde fuera más fácil especular con su procedencia. Esa noche, poco antes de irme a dormir, volvió la sed.

Jueves.-

Rumbo al trabajo, empecé a caminar pesadamente. Pensé que el problema radicaba en los pies, pues los sentía muy tensos, pero en la oficina comprobé que las piernas estaban poniéndose rígidas. El jefe lo notó y me envió a casa, creyendo que lo mío podría ser alguna pandemia de la cual él no quería ser parte. Tardé mucho en llegar de nuevo a casa. Abrí la puerta, pero no pude encender las luces. Encontré a tientas el bar y, cavilando, pensé que la causa de todo debía estar en el hecho de vivir sin familia. Sin esposa, sin hijos, sin nada. Pero yo nunca le había prestado atención a eso, ni siquiera en las fiestas de cumpleaños a las que me invitaban mis compañeros casados. A mis padres no los veo desde hace doce años. Si ellos prefirieron siempre a mi hermano, que no me culpen… yo tenía que estar al lado de gente que comprendiera mis aficiones. Cuando se enteraron de que gastaba mi sueldo en antiguas y valiosas marionetas, me calificaron de inapto definitivo para manejar mis finanzas, actuando como si me fueran a desheredar de una fortuna que nunca tuvieron. Ese mismo día decidí emigrar. En el autobús que me sacaba del hogar paterno, empecé a pensar que, si estuviéramos en el siglo XIX, me hubiera subido a un barco para enrolarme con una caterva de piratas hediondos, pero deseché la idea porque seguramente me hubieran hecho caminar por la tabla al enterarse de lo que coleccionaba. Al final de cuentas, dejé mi afición y alquilé esta casa, lejos de mis padres. Lejos de cualquier cosa que yo conocí, en realidad: el puerto desordenado, las plazuelas descuidadas, la autopista que solía ser cruzada de noche por suicidas involuntarios.
No pude tomar nada del bar: tanto el Jack Daniels como el Absolut me sabían a rayos. Ya no me quedaba agua potable. La manguera del jardín estaba allí, esperando, pues era día de regadío. Me acerqué a ella, y comprobé que la rigidez de las extremidades desaparecía cuando me inclinaba a recogerla para refrescar los árboles y los arbustos. Cuando terminé, salí del jardín y regresó el malestar. Por eso entré de nuevo, donde me sentía mejor, y extendí los brazos, lo cual me hizo sentir mejor aún. Allí, finalmente, y tras quedar inmóvil, supe que había hallado una familia.

Hoy.-

Siempre pensé que el cielo era un objeto monótono, pero es más voluble de lo que siempre creí. Las nubes son grandes escultoras de sí mismas. Ahora sé que no solo existen instrumentos de viento, sino que el viento es un instrumento por sí mismo. Hay aves, cuyos nombres desconozco, que emiten un perfecto acompañamiento. Si en este lugar los músicos son increíbles, el bosque debe ser una sinfónica. Ya no siento sed, tampoco hambre, y eso tiene que ser bueno. Todo aquí huele diferente a cualquier cosa que haya percibido jamás. Hasta los colores me parecen sumamente extraños, pero agradables. Lo que no entiendo es cómo puedo ver sin ojos, o escuchar sin oídos, pero eso no me preocupa. Eso sí: extraño un poco a Lisa, con todo y la tonta charla de alguien que nunca apreció el buen cine; incluso soportaría que bromeara acerca de mi nueva apariencia.
He esperado el día entero a que alguien venga a regarme. De paso, también a mis nuevos hermanos. Pero no ha venido nadie: tal vez ya me hayan dado por desaparecido. No importa. Es una experiencia única ver pasar las horas sin tener que inquietarme más por el mañana, sabiendo que viviré de cien años siendo testigo excepcional de lo que ocurre en otro reino. Es más, agradezco estar aquí, bajo el aire fresco, donde el mundo, siendo ahora más simple, me parece hermoso como nunca.

(De "Boulevard de Pequeños Incendios", inédito, Reg. Indecopi 00144-2010-ODA)

martes, 29 de enero de 2013

Ni pensar en los talleres


Hace unos seis años, se me ocurrió meterme a un pequeño taller gratuito en la Casa de la Literatura. Yo nunca he creído en esas cosas, como tampoco cierto escritor que vino a la Feria del Libro del 2008 y dijo que no servían para nada (ojalá pudiera recordar el nombre, pero era uno que también dijo que no le gustaba Bryce). Uno de los ejercicios que hicimos fue tratar de describir qué podria estar haciendo una persona dibujada en un papel. Era el dibujo de un hombre frente a un espejo, rodeado de ciertos elementos. A mí no se me ocurrió absolutamente nada terminó el taller y dejé mi respuesta vacía. Pero, al día siguiente, me detuve en una conocida pastelería de Angamos, donde escuché a una pareja de esposos discutir sobre asistir o no a una sesión de terapia. Esa misma tarde empecé a escribir las páginas de un cuento nuevo, cuyo borrador terminé en tres días.
Luego me inscribí en un taller a cargo de un escritor que casi todo lo hablaba con esdrújulas. Allí "aprendí" que el cuento "El Caballero Carmelo" estaba pésimamente escrito (aquí voy a hacer un pequeño acápite: "pésimamente" está plenamente aceptado por la Academia, y se supone que ellos saben todo. Lo que no se pude decir es la burrada de "pésimamente mal", frase que algunos cómicos ambulantes deben practicar por ahí). Resulta que Valdelomar no empezó con una oración relacionada con la historia, sino que se manda con un largo prolegónemo que no va con las "normas" que deberían ser seguidas por todo cuento moderno. Asistí a una segunda sesión, pero entonces, convencido de que mis ideas para escribir eran únicas, y no negociables, no regresé al susodicho taller.
Las ideas propias, cuando conducen a algún fin lícito y beneficioso, no tienen precio. No voy a escribir como otros pretendan que lo haga, no voy a "adaptarme". Obligarse a escribir "de cierto modo" no puede originar creaciones de gran calidad, a no ser que la persona esté participando en un concurso temáticos. Escribo de cosas que nunca me han pasado (porque sé que escribir sobre mis experiencias personales originaría un producto extremadamente aburrido) y no suelo ubicar mis historias en Lima, porque la gente que se ocupa de eso, por lo general ya no logra salir de ahí (literariamente hablando, por supuesto). Y ocuparme de la ciudad como esta, en el estado social y de inseguridad ciudadana en la que se halla, no es para mí. Son otras cosas las que originan mi estilo, del cual no pienso claudicar.