sábado, 27 de febrero de 2016

Por una palabra (Cuento)

Habían transcurrido casi treinta años, pero nos reconocimos el uno al otro de inmediato, como si nos hubiéramos visto el día anterior. Cuando éramos cachimbos de Derecho en San Marcos, ambos solíamos almorzar juntos para debatir sobre cualquier cosa; en esa época, en el inicio de nuestras carreras, éramos casi inseparables. Entonces, él tenía el rostro escaso de vellos; ahora lucía barba, pero ese cabello rizado y su caminar eran inconfundibles. Conservaba, incluso, el mismo tipo de chaqueta y cinturón que en los años ochenta. 
— ¡Compañero Roque! — fue lo primero que exclamó, cuando me tuvo al alcance de sus gafas. Procuré no permanecer estático, cosa que logré con mucho esfuerzo. 
 — ¿Compañero Vidal? 
— ¡Pero, cómo! ¿Así, con interrogación? — preguntó, sorprendido por mi aparente ecuanimidad. Su rostro estaba matizado con una sonrisa, los dientes amarillentos mostrándose ampliamente, en señal de suficiencia. 
La humedad perseverante de la tarde me obligó a invitarlo a un bar cercano, donde elegimos probar el pisco sour. Allí nos relatamos lo que hacíamos actualmente: yo en un estudio jurídico de San Isidro, él en un taller mecánico. En ese preludio noté que, de vez en cuando, él miraba hacia afuera, como si algún aroma familiar lo llamara desde la avenida. La pequeña charla preliminar no duró mucho, pues era obvio que estábamos allí para abordar nuestros años en la Facultad. 
— ¿Y? ¿Llegaste a publicar algún libro? — preguntó él, con interés. 
— No, apenas un par de artículos para una revista legal…
 — ¡Pero si tú eras el poeta de la clase! Eras prácticamente un columnista de pizarra. ¿Por qué dejaste de escribir? 
— Faltaba más amor, compañero… a veces las cosas no salen como uno quiere. 
— ¡Nada de amor, te faltaba cancha! No sé cómo te graduaste de abogado, si le tenías miedo a la gente, por eso ni te subías al "burro". 
— Y tú, no sé cómo hacías para conquistar a las féminas con tu afligida música de Víctor Jara. 
Reímos de eso, mientras el poder agrio del limón abrasaba nuestras gargantas. Vidal bebía muy lentamente, aún para un trago corto. Hubiera preferido que la reunión fuera rápida, pero evidentemente él no lo quería así. 
— A propósito de música — continuó —, ¿recuerdas cuando te llevé al depósito de la radio, en el segundo piso de esa casa en la Avenida Wilson? La radio caleta, donde había que subir por una escalera de caracol. — Claro, donde ustedes guardaban el material de "La Hora Rebelde". 
— He pasado por allí y parece que no queda nada, carajo… ni siquiera la antena. 
No quise recordarle que, en ese olvidado lugar, él y su gente guardaban otras cosas, aparte del material radial, cosas en las que me fijé sin que él se diera cuenta. Mucho menos le mencioné que, algunos días después de esa visita, ocurrió el atentado contra el local de Acción Popular, a una cuadra de allí. Preferí dejar que siguiera hablando, con la esperanza de que cambiara de tema. 
— ¿Recuerdas que eras hincha del PPC? — me preguntó —. No hacías más que repetir lo que decía el "Tucán" en su campaña; por ejemplo, repartir los excedentes de las exportaciones entre los municipios provinciales… 
— Sí, y tú te matabas de risa, huevón. ¿Tan inocentón te parecía? 
— Mira hacia el pasado y respóndete. Pero yo seguía debatiendo contigo, no porque me divertías, sino porque sabía que tú eras uno de los pocos que no me llamaba "facho" a mis espaldas. Pero dejemos eso. Dime… ¿llegaste a ganar los Juegos Florales? 
— Una vez quedé tercero en poesía. Lástima que no pudiste mandar tu poemario… Fue un tremendo error decir eso. Sus cejas arqueadas me indicaron que era demasiado tarde para cambiar de tema. 
— Claro, no pude — respondió —. Justamente entonces vino la redada en esa quinta, cerca al Correo Central, donde no quisiste entrar… ¿Por qué te quedaste afuera? ¿Te chupabas, acaso? 
— Me pareció peligroso meterme así nomas… y a esas horas. 
— No seas pendejo, tú vivías por Amazonas, cerca del puente… y en la quinta todos nos conocíamos: el compañero Danilo, el "Franciscano", la camarada Violeta… 
No pudo evitarse. Tarde o temprano, tenía que aparecer esa palabreja: "Camarada". Una palabra que odiaba entonces y más con cada explosivo que estallaba en la ciudad, con cada gota de sangre que cubría los cuerpos en los noticieros, un desprecio que Vidal conocía muy bien. "Camarada, camarada". 
 — Tenía que llegar temprano a mi jato para ver a mi hermana. Te había dicho que tenía problemas con su embarazo… ¿lo recuerdas? — le dije, con la mirada baja, como escudriñando la copa. 
— No, no fuiste — insistió Vidal, llevándose el resto de la bebida a los labios, dándole el último adiós a las pocas gotas que se aprestaban a ser consumidas —. Después me enteré que te fuiste a dormir a la casa de tu cuñado, en Magdalena. Eso me lo contó el "Franciscano", el único que logró escapar. Entonces levanté la vista. 
La sonrisa de su rostro ahora se mostraba irónica, casi de satisfacción. Se incorporó, diciendo que tenía prisa. Pagué las bebidas y al salir me manifestó su gusto por haberse encontrado conmigo, pero sin borrar ese semblante expresivo, esa faz de granito. Eso me dejó pensando; por ello, al llegar a la esquina miré hacia atrás y allí estaba, hablando con otra persona, alguien que no se veía muy diferente a él. Entonces, camino a mi hogar, empecé a pensar en cuánto valoraba no solo a mi familia, sino a mi propia vida, pues estaba claro que Vidal sabía perfectamente que fui yo quien los delató. 
 Habían transcurrido casi treinta años, la mayor parte de los cuales Vidal los pasó en prisión, condenado por actos de terrorismo, a raíz de las declaraciones efectuadas ante la fiscalía por un testigo protegido, pero nos reconocimos el uno al otro de inmediato, como si nos hubiéramos visto el día anterior. Cuando éramos cachimbos de Derecho en San Marcos, ambos solíamos almorzar juntos para debatir sobre cualquier cosa; en esa época, en el inicio de nuestras carreras, éramos casi inseparables... 

(Imagen tomada de : http://rumbossemanario.blogspot.pe/2011/06/desmantela-policia-federal-estacion-de.html)

jueves, 11 de febrero de 2016

Ribeyriana (Cuento)


No acostumbro revisar cosas tiradas en la vereda, pero esa tarjeta se veía tan brillante que parecía hecha de algún metal precioso. Cuando la recogí, pude comprobar que no era de crédito o similar, aunque estaba fabricada como tal: número, banda magnética, pero sin nombre, lo cual no me importó porque, al fin y al cabo, no pensaba buscar al dueño para devolvérsela.
Camino a casa, pasé delante de la carnicería, atendida por un miserable que en varias ocasiones pretendió cobrarme de más, pero dejé eso de lado al descubrir, junto a mi puerta, una invitación para asistir a la inauguración de lo que sería el club más exclusivo de esta ciudad. Sorprendido, solo atiné a pensar que sería bueno adquirir un traje adecuado para la ocasión.
En la tienda, el encargado atendía con excesiva finura a un extranjero; para no aburrirme, extraje la tarjeta recién encontrada, que se asomó en mis manos como un ópalo con números de diamante y procedí a embelesarme con su brillo. Súbitamente, el encargado dejó colgado al extranjero para acercarse a mí.
 — Disculpe, señor, por la demora. ¿Puedo ayudarlo en algo?
— Sport elegante… — balbucée, lo que bastó para que dos fulanos me trajeran cosas exactamente a mi medida. Fue todo tan abrupto. Pero lo más increíble fue lo que dijo luego:
— ¿Se dirige a la inauguración, caballero? No se preocupe por la cuenta. Pagará cuando usted lo estime conveniente.
Salí de allí con 1,200 dólares en ropa. ¿Qué diablos pasó? Pero eso no terminó ahí: esa tarde, el carnicero actuó igual cuando saqué la tarjeta negra, pues me dejó llevar a crédito dos kilos de carne con precio de filete Kobe. Por la noche, luego de un baño desmesurado, me vestí y me dirigí al club; ya en la puerta, fui testigo de una discusión entre unos vigilantes y algunas personas que también trataban de entrar.
 — ¡Lo lamento, señores! ¡Esta es noche de inauguración! El local está completamente lleno.
 — ¡Usted está discriminando, señor! ¡Le prometo que habrá consecuencias!
— ¡Repito que no pueden pasar; retírense o nos veremos obligados a…!
En ese momento, uno de los vigilantes se fijó en mí.
— ¿Podemos ayudarlo, caballero?
En lugar de mostrar la invitación, iba a tomar por instinto la tarjeta brillante; pero, justamente entonces, uno de aquellos que estaba teniendo problemas con la vigilancia se abalanzó sobre el cuello de uno de los gorilas, razón por la cual fue inmediatamente reducido, lo cual aproveché para ingresar sin ser visto, aprovechando el pánico.
En el bar se hallaban personas muy conocidas en la alta sociedad; también unas jóvenes, aparentemente más asequibles, con las cuales logré entablar conversación. Le ofrecí una copa a la que parecía líder del grupo, pero el barman estaba muy ocupado, así que le propuse sentarnos a esperar en una mesa cercana. Luego de unos minutos, la chica me salió con algo extraño:
— Bueno, creo que todos sabemos lo que debe hacer para que lo atiendan de inmediato… ¿verdad? Hubo un silencio. Esta vez yo no comprendía lo que querían decir, así que rompí el hielo contándoles el modo en que ingresé en la reunión.
— Iba a mostrar mi invitación, pero tomé una tarjeta brillante que encontré esta mañana en la vereda… Entonces hubo una trifulca, lo cual aproveché para entrar sin mostrar nada... ¿No les parece cómico?
 — ¿Quiere decir que no utilizó la tarjeta brillante para ingresar?
 Puesto que empezaron a mirarme de forma extraña, solicité una explicación. Entonces, todas se inclinaron hacia mí.
— Verá usted — dijo la más bella, en voz baja —. Lo que sucede es esto. Todos, usted incluido, somos personajes que están siendo escritos por un señor, cuyo nombre no interesa. La historia de la que somos parte la tomó de un cuento de Julio Ramón Ribeyro, donde alguien encuentra una insignia que lo convierte en un hombre importante dentro de una organización. Por eso usted encontró esa tarjeta. Lamentablemente, parece ser que nuestro escritor se acaba de desentender de la trama, porque se suponía que usted debió ingresar con la tarjeta, solicitar pasar a la sección VIP, conocer otra gente, escalar posiciones…
— Espere, espere un momento — dije, azorado — ¿Qué payasada es esta?
 — Le aseguro que no es ninguna… ¿A dónde va?
Me había levantado para no tener que seguir escuchando semejante diatriba.
 — Yo me largo — dije, pero, cuando me disponía a cruzar la puerta, la mujer insistió.
 — ¿Seguro que no sabe que Feifer estuvo en Pilsen y que lo mataron en una estación de Praga?
— ¿Quién diablos es…? ¡Cállese! — le grité, mientras sus acompañantes se reían de mí — ¡Deberían estar en un manicomio!
Una vez en la calle, pasé delante de la tienda del carnicero, donde el maldito gritó por su mercancía, exigiendo su inmediata devolución e ingresé en una librería, dispuesto a averiguar qué diablos era eso de Feifer y aclarar de una vez la situación.
— Quisiera un libro del escritor… Ribeyro, con un relato acerca de una insignia…
— ¿Julio Ramón Ribeyro?
— Ese mismo. ¿Tiene alguno…?
El tipo sonrió levemente. Sin dejar la sonrisa, dijo:
— Comprendo. Arruinó usted la trama… ¿verdad?
— ¿Tiene algo que decir al respecto? — pregunté, tratando de controlarme.
— Por supuesto — respondió —. Verá. Evidentemente, el tipo que nos está escribiendo no sabe qué más hacer con la historia, algo común cuando alguien toma un trabajo ajeno y trata de hacerlo pasar como suyo. Ahora solo falta que, simplemente, este fallido cuentista interrumpa la escritura de una vez, arroje los papeles al tacho y se vaya a almorzar. Y así terminaremos, amigo, a no ser que a él se le ocurra incluirnos en un nuevo relato… no sé.
 Aquello era demasiado. Estallé.
— ¡Ya basta! ¿Sabe? Todos en esta ciudad están locos. Usted, la tonta del club, el carnicero idiota, todos. Hablando de carne, véame, soy de carne y hueso. ¡Así que no me venga con que soy creación de alguien, porque le aseguro a usted, demente, que no me tirarán a ningún lado, no va a haber ningún supuesto nuevo relato y no habrá ninguna interrup

(Escribí esto a mediados del año pasado. La imagen fue tomada de LimaGris, pero desconozco la fuente original de la foto)


sábado, 6 de febrero de 2016

Vinilos en el espacio

 
El 27 de enero de 2015, el astrónomo británico Daniel Huber anunció que su equipo y él descubrieron el sistema planetario más antiguo de la Galaxia, que denominaron Kepler 444, con 5 planetas: Kepler 444-b hasta el f, que podrían ser habitables. Si pudiéramos llegar hasta allí, viajar 13,000 millones de años al pasado y tuviera que quedarme a vivir solo en una estación espacial experimental durante un mes (es decir, poca cosa), llevaría los siguientes discos:
1) "The rise and fall of Ziggy Stardust and the spiders from Mars" - David Bowie. Hasta la reciente reaparición de los vinilos en el mercado, nunca había tenido esto en ese formato. Una vez, a finales de los setentas, un primo trajo un cassette, pero no recuerdo mucho de esa primera escucha. En realidad, la primera vez que lo escuché completo fue en CD, pero da lo mismo. Es una de esas cosas que hacen mérito a todo lo bueno que se dice de ellas. Gracias a Dios que Mick Ronson estuvo en la guitarra.
2) "Time" - Electric Light Orchestra. Una de las cosas más injustamente nguneadas en los ochentas. Yo escuché esto completo, por primera vez, en Radio 1160, en medio de un apagón, porque existía entonces el programa "Casseteca 11" y tenía una radio a pilas. Con las luces obligatoriamente apagadas, el concepto me pareció fascinante, al punto de esperar con ansias la edición nacional, que se editó aquí después de tres meses. Ahora lo escucharía en una cabina espacial mirando a cualquier planeta desconocido, de preferencia de color azul.
3) "The turn of a friendly card" - Alan Parsons Project. Este es uno de los trabajos más destacados de este grupo, para mí el mejor: La suite del lado B la tomé como algo indispensable para mi colección. Hay algo especial en las melodías de Woolfson (fallecido el 2009) para este álbum que sobresalen sobre las de discos anteriores. es tan bueno, que "Eye in the Sky" fue hecho con ideas sobrantes de este disco.
4) "Two sides of Leonard Nimoy" - Leonard Nimoy. No iba a dejar en tierra al Dr. Spock. Escuché sus grabaciones por primera vez con la llegada del internet, allá por 2002, bajando algunos tracks a través de un desaparecido sitio de intercambio musical llamado Audacity. A decir verdad, no sabía que había grabado nada hasta ese año; me enteré cuando escuché un diálogo en una conocida serie de TV que, por lo visto, va a volver a las pantallas.
5) "Novus Magnificat: Through the Stargate" - Este trabajo de la californiana Constance Demby lo escuché y, simultáneamente, lo grabé en cassette en una de las transmisiones del desaparecido programa radial "El Viaje Astral" por Telestéreo, no recuerdo exactamente cuándo. Es uno de esos buenos álbumes de new age que aspiran a la perfección. Precisamente por cosas así, me volví fanático de ese programa radial.
6) "The dark side of the moon" - Pink Floyd. Esto es rock de otro planeta. La primera vez que escuché un fragmento fue para un comercial de Altimatic en 1973. Lo escuché íntegro por primera vez en 1982, cuando un primo compró una copia extra pues la que tenía se había desgastado de tanto tocarlo. Estoy seguro de cosas así serían muy apreciadas por cualquier habitante de Kepler 444.
7) "Les chants magnetiques" - Jean-Michel Jarre. Para mí, este disco es más atractivo que "Oxygen". A decir verdad, es el disco de música electrónica que he escuchado más veces. Lo tengo en vinilo desde muy joven y, aunque no lo toco desde hace mucho tiempo, serviría bien para animar las noches en vela.
8) "The age of electronicus" - Dick Hyman.  Muy escondido para la generación actual, pero no para mí, este trabajo del multifacético músico neoyorkino Dick Hyman fue utilizado ocasionalmente en comerciales peruanos a principios de los sesentas. Un fragmento de "Blackbird" (que aquí se usó para una marca de televisores) lo utilicé para un video sobre la Feria del Libro Ricardo Palma y creo que me llevaría también este álbum.

Eso sería todo.  No creo en el redondeo al número 10. Además, quién sabe, tal vez en Kepler usen un sistema basado en el 8.

La imagen fiue tomada de aquí:  http://wallpaperhd.es/escena-fantasia/