sábado, 24 de abril de 2010

Otra novela que no leeré


Al margen de las bondades que pudiera ofrecer la recientemente premiada obra "La noche y sus aullidos" de Iván Edilberto Sócrates Zuzunaga Huaita, no me imagino abriendo una novela que desarrolla por enésima vez uno de los temas más rastrillados, exprimidos, moldeados y puestos en libro en los últimos años: la violencia terrorista. Es la segunda ocasión consecutiva que Copé premia una novela de este tipo (la anterior edición fue ganada por "Como los verdaderos héroes" de Percy Galindo), y entre la lista de finalistas se cuenta, asimismo, más de un ejemplo similar, mostrando dicho premio una tendencia que probablemente se refleje en la próxima edición.
Yo entiendo lo expresado por Ricardo Gonzáles Vigil en el sentido de que espera que el ganador se beneficie de este premio para que su obra sea difundida en forma amplia, y tratándose de un premio internacional, sea reconocido fuera del país; después de todo, el autor ha hecho los méritos suficientes para eso a lo largo de su carrera literaria. Pero de ahí a llenarme los ojos repetidamente de imágenes de un pasado reciente, como si no hubiera otra cosa de dónde crear y dar vida a personajes, no. Todo exceso es dañino, y en mis lecturas decidí hace mucho tiempo prescindir de los excesos.
De modo que dejo al gran público juzgar "La noche y sus aullidos" de la forma en que mejor le parezca. Dejo a los críticos, de los cuales me ocuparé oportunamente, dar su veredicto. Yo, mientras tanto, me sumergiré en la fantasía desbocada de muchos y buenos novelistas modernos, en la cual seguramente hallaré más de una cosa que me satisfaga.

viernes, 23 de abril de 2010

Ceremonia de Premiación - Premio Copé Internacional 2009

Ayer, jueves 22, se realizó la ceremonia de premiación de la II Bienal de Novela y de la XIV Bienal de Poesía - Premio Copé Internacional 2009, en las instalaciones de Petroperú. Sócrates Zuzunaga recibió el trofeo y el cheque por su novela "La Noche y sus Aullidos". Algo del discurso del ganador se puede escuchar aquí (la calidad del video, para tal propósito, es lo de menos)


Premio Copé de Novela - 2009
Cargado por pequenobaul.

Asimismo, se hizo entrega del Premio Copé de Poesía a Boris Espezúa por su obra "Gamaliel y el Oráculo del Agua"


Premio Copé de Poesía - 2009
Cargado por pequenobaul

miércoles, 21 de abril de 2010

Mañana: Premiación Copé 2010 - Novela y Poesía

Mañana, jueves 22 abril, a las 7.30 p.m. estaré en el Auditorio de Petroperú, donde Sócrates Zuzunaga y Boris Espezua Salmón serán premiados ganadores del Premio Copé Oro de la II Bienal de Novela y de la XIV Bienal de Poesía, respectivamente. Según la nota de prensa, en la bienal de poesía también se premiará a Martín Zúñiga Chávez y Carlos Rómulo Baldwin del Castillo por empate en el Premio Copé Plata, repartiéndose 15.000 nuevos soles; así como también a Luis Eduardo García López, con el Premio Copé Bronce y 10.000 nuevos soles.
Posteriormente estaré posteando fotos y de ser posible algún video de la ceremonia. Se espera que al final del acto se haga la convocatoria para la XVI Bienal de Cuento.

miércoles, 14 de abril de 2010

El síndrome de la naranja

Se dice que un antiguo acuarelista italiano pintó un hermoso retrato de la única plaza de su pueblo, que causó la admiración de sus coetáneos, tanto así que la fama del artista trascendió los límites de la provincia. Posteriormente regresó a la plaza a pintarla de otra manera, desde otro ángulo, añadiendo detalles y quitando algunas cositas que le parecían imperfectas. Esta vez las bondades de su arte llegaron a oídos del rey, quien aceptó llevarlo a la corte si en su tercera pintura demostraba de una vez por todas ser un maestro.

El pintor volvió por tercera vez a su plaza, escogió una mejor tela, mejores pinceles y pintó nuevamente los mismos árboles, los mismos nidos, las bancas, el monumento al santo patrono local y a los niños de la parroquia jugando al escondite.

El rey vio el trabajo y dijo:

- Está bien, pero...¿otra vez la plaza? Mejor dejemos esto para otro día.

Y no volvió a hablar de él. Cuando al acuarelista le preguntaron por qué no pintaba otra cosa, pues de haberlo hecho así hubiera llegado a la corte, respondió:

- Es que no puedo hacerlo. Aprendí a pintar aquí y nunca me he movido a otro lugar. Si me fuera a otro lado, no sabría por dónde empezar.

Eso es exactamente lo que les pasa a algunos escritores. Causan buena impresión con un primer trabajo, y posteriormente redundan una y otra vez en sus sesgados parámetros: o bien son sus relaciones de pareja (la misma mujer con 14 nombres diferentes) o bien las penurias que tuvieron que pasar como inmigrantes (solo cambian las fechas y los apellidos), o son sus aventuras de juventud con los amigotes de siempre, en el mismo barrio, en las mismas discotecas, los mismos bares. Y algunas veces son los propios editores formulistas los que proveen de alas de aeroplano a estos autores poco imaginativos, buscando exprimir la naranja hasta la cáscara incluso. El problema es, obviamente, que a la mayoría de los seguidores no les gustará el jugo que pudiera salir de la cáscara, sino de los gajos de la fruta, la cual, por causa de este procedimiento, aparece cada día más seca.

Personalmente, prefiero los autores que arriesgan un poco, exploran otros universos, respiran aires diferentes. Gente que intenta ponerse en la piel de otro, que va en busca de escenarios nuevos para pasar algo de tiempo en ellos antes de coger un papel. Al margen de lo que digan los fanáticos de la uniformidad, los innovadores y los versátiles siempre serán mis preferidos.

domingo, 11 de abril de 2010

Diez maneras de morir, por lo demás, extrañas


Luego de terminar de leer una colección de cuentos sobre la muerte, por un asunto de causa y efecto me levanté y empecé a buscar datos acerca de ella, recopilando una serie de pequeñas notas que coloqué en el facebook y que ahora traslado aquí porque, si bien es cierto este blog casi no tiene público, las notas del facebook no tienen razón de existir, siquiera.

Diez maneras de morir, por lo demás, extrañas.

1) Tycho Brahe (Tyge Ottesen Brahe).
Este astrónomo danés acudió a una cena formal en Praga el 13 de octubre de 1601. Las reglas de etiqueta encontraban de muy mal gusto levantarse de la mesa sin que la cena hubiera concluido. Brahe bebió mucha agua pero rehusó faltar a las reglas de etiqueta y no se levantó para ir al baño. La cena duró horas, su vejiga sufrió una obstrucción y murió 11 días después.

2) Frank Hayes.
Entrenador de caballos y jockey ocasional, nacido en 1888. En febrero de 1923, durante una carrera en Belmont Park, New York, sufrió un paro cardiaco mientras se hallaba compitiendo sobre un caballo llamado Sweet Kiss. El caballo continuó la carrera y ganó, convirtiendo a Hayes en el único jinete en ganar una carrera muerto. Pagó 12-1.

3) Alex Mitchell.
Albañil de King's Lynn, Escocia. El 24 de marzo de 1975 estaba viendo un episodio de la serie televisiva "The Goodies" cuando empezó a reír sin control durante 25 minutos. Sufrió un colapso y falleció a la edad de 50 años. La secuencia del episodio en cuestión, titulado "Kung Fu Kapers" se puede ver aquí: http://www.youtube.com/watch?v=q3sG-J3AuhM. Mitchell empezó a reír ante la aparición del actor Tim Brooke-Taylor, vestido con falda escocesa intentando luchar utilizando una gaita (en el video, a la altura de 2:13).

4) Jerome Irving Rodale.
Padre del movimiento de la alimentación orgánica, fundador de Rodale Press. El 8 de junio de 1971 estaba participando en The Dick Cavett Show (programa de TV pregrabado), en el cual se discutían los beneficios de la comida orgánica. Rodale estaba alardeando con cosas como "Me siento mejor que nunca" y "Viviré hasta los 100 años a menos que me atropelle un taxista con mucha azúcar en la sangre", cuando se inclinó hacia Cavett, le dijo al oído "Esto no se ve bien" y se desplomó de la silla fulminado por un ataque cardíaco. Tenía 72 años. El programa nunca salió al aire. Cavett mismo nunca pudo obtener una copia, pero dos técnicos de la ABC lograron sacar dos copias para impresionar a sus esposas.

5) James R. Richards.
Prominente veterinario, ex-director del Centro de Salud Felina en la Universidad de Cornell. El 22 de abril de 2007, este veterinario especializado en gatos, autor de ASPCA Complete Guide to Cats salió en motocicleta hacia la ruta 221, cuando a la altura de Marathon, N.Y., súbitamente se le atravesó un gato. Hizo una brusca maniobra para evitarlo y cayó de la moto, muriendo a consecuencia de las heridas recibidas. Tenía 58 años.

6) Carl McCunn.
Fotógrafo de la vida salvaje, de nacionalidad americana aunque nacido en Alemania Occidental. El 10 de marzo de 1981, McCunn contrató un "bush pilot" (piloto entrenado para volar en zonas desoladas) para llegar a un lago remoto cerca del río Coleen, en Alaska. Aparentemente creyó que el trato incluía el viaje de regreso, pero por una confusión no fue así. Su cuerpo fue hallado en febrero de 1,982 por una tropa militar de Alaska. Había preferido suicidarse a morir de hambre. La última anotación en su diario fue: "Pienso que debí ser más previsor al hacer los arreglos para mi partida".

7) David Douglas.
Botánico escocés. El 12 de julio de 1834 se hallaba en las faldas del Mauna Kea (Hawaii) cuando cayó en un pozo hecho como trampa para animales. No sufríó daño, pero cuando intentaba salir de allí un toro cayó en el mismo pozo. Murió por las graves heridas ocasionadas por el animal. Esto, según la versión del único testigo, un ex-convicto apellidado Gurney, quien fue sindicado inicialmente como sospechoso, pero las autoridades terminaron aceptando su versión. Douglas tenía 35 años de edad.

8) Garry Hoy.
Abogado de la firma Holden Day Wilson, en Toronto. El 9 de julio de 1993, Hoy intentó probar que el vidrio de los ventanales del Toronto-Dominion Centre era irrompible, lanzándose contra uno de ellos, lo cual ya había hecho en otras ocasiones delante de sus amigos. El cristal resistió, pero cuando Hoy intentó repetir la prueba, se rompió y el abogado cayó desde una altura de 24 pisos. Otra versión dada por un representante de la firma indica que el cristal realmente no se deshizo, pero se salió del marco y se vino abajo junto con Hoy. El hombre tenía 38 años de edad. Su muerte afectó tanto la reputación de la firma de abogados, que se vieron obligados a cerrar en 1996.

9) La Gran Inundación de Cerveza de Londres.
El 17 de octubre de 1814 en la parroquia londinense de St. Giles, un gran estanque conteniendo 135,000 galones imperiales (610,000 litros) de cerveza se rompió y se desplomó sobre otros, causando un efecto dominó. Como resultado, 323,000 galones imperiales (1'410,000 litros) de cerveza inundaron la localidad, causando la muerte de 8 personas por asfixia y otra persona más al día siguiente por intoxicación alcohólica.

10) Ohtaj Humbat Ohli Makhmudov
Azerbaijano nacido en 1961. El 3 de junio de 2006 visitó el zoológico de Kiev; de acuerdo con testigos, empezó a hacer muchas preguntas acerca del comportamiento de los leones y tigres. Al día siguiente regresó. A las 6.45 del día 4, Ohtaj se quitó los calcetines y zapatos, también la chaqueta y usando una soga que había llevado se deslizó al pozo de las fieras. Al llegar gritó "Porque Dios me ama, los leones no me dañarán". Una de las leonas, llamada Verónica, se le lanzó encima, mordiéndolo diez veces en el cuello. Murió en el acto.

(Tomado de varias fuentes)

jueves, 8 de abril de 2010

El escritor ermitaño

El escritor ermitaño es una especie de fantasma que redacta sus historias sin presiones, cuando le place; siempre que le atrae un tema se sienta frente al teclado y empieza a bosquejar ya sea el final trágico o la enrevesada primera oración. O bien toma un punta fina y se dispone a ensuciar de azul una libreta de hojas blancas cubriéndola con tramas descabelladas acerca de parientes ocultos, inventos inverosímiles, epidemias de felicidad o mujeres paranoicas.
El escritor ermitaño prefiere la casa, no es de aquellos que pretenden dársela de poeta de los cincuentas para reservarse una mesita en el Haití y le parece absurdo llevar una laptop a un lugar público y exhibirse delante de todos con un caramel macchiato sobre una mesa, tal como ve hacer a muchas personas cuando pasa delante del Starbuck’s del Óvalo Gutiérrez. Él, simplemente, coloca sobre su escritorio un paquete gigante de grissinos, pan con margarina light y una cantidad tan ofensiva de café que haría vomitar a Voltaire (de quien, por cierto, se afirma que se soplaba un promedio de 60 tazas diarias). Eso es todo lo que necesita para tejer sus overoles de letras, sus abrigadores suéteres de palabras rebuscadas.
Luego de terminar un cuento, este espectro consumidor de tinta lo deja ahí, enfriándose un rato; al día siguiente lo corrige, a la semana siguiente lo vuelve a corregir, para finalmente guardarlo esperando que aparezca de improviso algún concurso al cual presentarlo. Hay algo de masoquismo en esto, puesto que generalmente no gana premio alguno, pero ello es lo único que puede hacer, ya que el autor de marras no es ningún periodista farandulero para hacerse rostro conocido o bien no almuerza con determinadas personas para que le publiquen un libro sin invertir el dinero de la quincena o el de la décima letra de cambio del departamento.
Cuando no hay concursos, suele estampar sus absurdas ideas en alguna página de Internet o se las hace leer a los poquísimos amigos que tiene (o que le quedan), para posteriormente echarse frente al televisor, con las manos cruzadas debajo del occipital, esperando que algún dios escandinavo lo llame para decirle que sus historias son lo que el mundo ha estado esperando desde que se apagaron los fuegos del Año Nuevo del 2000. Piensa que si todo sale bien, a partir de dicha llamada el hombre se hará una celebridad, estrenará un Mazda rojo, instalará un piano Steinway en la sala, se comprará una casa de campo con las regalías y, por si acaso, registrará ante un notario público un testamento de 140 páginas, más doce anexos.
Pero sus sueños se van diluyendo a medida que se va dando cuenta de que sus escasos pero fieles amigos, aquellos que sonrieron ante la vista de sus escritos, saben tanto de literatura como él de Feng Shui, sus fantasías se terminan de diluir cuando va tomando conciencia de que su número de teléfono no lo conocen ni los vigilantes en las editoriales. Entonces se ve tentado a aceptar la realidad y emprender el camino del duro trabajo, o bien encomendarse a los más recientes descubrimientos esotéricos tal y como recomiendan los diversos parodiadores de la filosofía cuyos textos sobre superación personal se hallan desperdigados en el bazar Copia o en medio de la papelería del jirón Camaná.
Por supuesto, a alguien en su situación también le queda el camino desesperado del escándalo, de la provocación, de practicar alpinismo sobre la reputación de alguien y vender como sea, que es lo único que le importa, al fin y al cabo, a un editor. Pero él es un ermitaño, él no busca la forma de llamar la atención, mejor morir en la sombra que hacer cualquier cosa fuera de sus cánones. Con morir, por supuesto, quiero decir literariamente. Pero ni para destruir su obra lo haría con la cámara de un noticiero como background; si decidiera quemar sus cuentos algún día, lo haría en silencio, uno por uno, colocaría todos los días las cenizas en sobres herméticos y las camuflaría en bolsas negras biodegradables para que se la lleve el servicio sanitario. Así, aparte de sus amigos, nadie sabría que esos cuentos existieron, su labor la habría cumplido a carta cabal, aun cuando esos párrafos pudieran ayudar a salvar la vida de alguien, como hizo el médico chino Hua Tou, quien, condenado a muerte y habiendo puesto en papel sus secretos médicos en plena celda, quemó su obra porque un carcelero temeroso se negó a pasarle los rollos de manuscrito hacia el exterior. Ese es el tipo de íntima venganza que preferiría el escritor ermitaño contra un mundo que nunca lo tomó en cuenta: desdeñando la importancia de lo destruido, su obra es su obra y si la humanidad se priva de ella, que pague las consecuencias. Es, pues, también un hombre egoísta.
Poco a poco, entiende que la vida sigue transcurriendo, que sus viejos cuentos siguen descansando, o bien en una dimensión de ceros y unos, o bien aplastados e incompletos en sus casi olvidadas libretas. Los años han pasado y un día bueno o malo le llega, finalmente, la hora de echarle la culpa a quien sea, menos a sí mismo. Luego de revolverse entre las sábanas de su habitación, enciende el reproductor de audio para sumergirse en música de hace treinta años, porque entonces la música era mejor, nada que ver con la de ahora, la cual odia. Un día se sorprende a sí mismo haciendo una relación de los 10 discos que se llevaría a una isla desierta, sin darse cuenta que él está viviendo en esa isla desde hace mucho tiempo. Y eso es todo. En el último recodo de su existencia, ya no habla de literatura con nadie, sigue sin ser conocido por nadie, pero continúa escribiendo porque lo hace escapar de la vida, aunque realmente lo que hace y todo lo demás de lo que escapa, qué duda cabe, no se puede llamar propiamente vida.