lunes, 6 de mayo de 2013

Soñé con un banco

Me agarró la gripe, y a veces eso me provoca sueños extraños, como el que voy a narrar a continuación.
Entré a un enorme edificio bancario con la intención de cerrar mi cuenta, porque el banco tenía una sola sede y, curiosamente, había que subir seis pisos para realizar un trámite. Así que le di mi tarjeta de débito a la cajera, quien por cierto era una mujer de edad madura, y le indiqué que me entregara la plata.
─ Un momentito, señor ─ me dijo ─. Usted no ha pagado el impuesto al uso de los elevadores por casi dos años. Voy a consultar con la subgerencia para ver cuánto es.
Puse una mirada de extrañeza y sentí un escalofrío cuando la empleada fue a consultar con otra persona. Al final, un subgerente le dijo que eran como 400 soles. "Eso es lo que cobramos", le dijo el hombre. "Por eso somos los mejores".
La cajera regresó a su puesto y un hombre de la cola me dijo que tenía que efectuar un reclamo. Entonces intenté decir algo:
─ ¡Vieja ratera...! ─ intenté exclamar, pero la voz no me salía, o me salía muy débilmente. El hombre de la cola insistió en que siguiera reclamado.
─ ¡Es usted una vieja ratera...! ─ dije, pero tan débilmente que casi no me escuché yo mismo.
─ ¡No, no, no es allí! ─ me dijo una señorita de la cola de al lado. ─ Es con el señor que está en el escritorio pardo.
Pasé delante de todos, llegué al mencionado escritorio, que se hallaba bastante alejado, y hablé con la persona, blandiendo mi tarjeta .
─ Sí, señor, ¿en qué lo puedo servir?
─ Son ustedes una tira de ladrones...
La voz se escuchó clara, pero el tipo pareció no entender. 
─ Disculpe, ¿qué trámite va a efectuar? 
Junto a su escritorio había una lista, en papel blanco, con casi cien opciones. Yo elevé más todavía mi voz.
─ ¡Que son ustedes una tira de ladrones...!
Esta vez mi voz sí retumbó en el edificio como si este fuera un teatro acústico.
─ ¡Ah, sí, por supuesto! ¿Me permite su tarjeta, señor?
El tipo consultó su lista y se llevó mi tarjeta. Luego de unos segundos, apareció de nuevo con un estado de cuenta en la mano: Me lo entregó y me despidió con una sonrisa.
─ Ya está, señor. Todo solucionado. Que tenga buen día.
El estado de cuenta no lo vi en ese momento; al salir me encontré con la señorita de la cola.
─ ¿Ya ve? Para cobranza de cheques, pago de luz, es en las ventanillas. Para otras cosas, es allá donde el escritorio.
Le agradecí y vi mi estado de cuenta: me habían aumentado 400 soles. Un truco para hacer que me mantenga mi cuenta en el banco, seguramente; es más, hasta me había olvidado de que originalmente entré allí para sacar mi plata. Entonces desperté: todavía me dolía un poco la garganta, pero no por los gritos, sino por la gripe.