miércoles, 29 de diciembre de 2010

Luces Navideñas -- 2010

Luces navideñas en distintos sectores residenciales de Lima.


Luces Navideñas - Lima 2010 por pequenobaul

lunes, 20 de diciembre de 2010

Un bluff... y nada más

Desde que la escuché por primera vez, la "Canción del Reloj de Arena", de Joseph Brooks, que interpreta Robby Benson en el filme "Jeremy" (conocido en algunas partes como "Jeremy y Susan"), me pareció una creación muy bien trabajada, una canción con un grado de preciosismo bárbaro. En la época en que esto ocurrió (mediados de los ochentas) en un programa de recuerdos, el locutor radial mencionó que, a difierencia de otros jóvenes actores, Robby Benson había ingresado al gran mundo cinematográfico "por la puerta grande" con este filme.

Hace algunos días, me acordé de la canción y decidí buscar la película. Antes que eso, revisé algunas notas y opiniones: en IMDb figura con 7.0 sobre 10 y, bueno, cierto crítico recomendó el filme jurando que cualquier persona llegaría a amarlo cunado lo vea. Entonces lo vi. Lo mejor que puedo decir es esto: no pienso volverlo a ver jamás.

La inocencia que exuda este pastiche, escrito y dirigido por Arthur Barron en 1973, permite deducir cuál es el público al que fue ofrecido y con qué intención. Las escolares soñadoras de los setentas, a quienes sus novios les pagaron la entrada para participar de este cuento, deben haber estado de plácemes poniendo sus pupilas durante los 90 minutos que ocupó en sus vidas la exhibición de "Jeremy"; pero que haya gente, después de casi 40 años, capaz de mostrar apego a este filme, no hace sino evidenciar que, muchas veces, la razón no entra en juego cuando se trata de aquilatar recuerdos de tiempos agradables.

Pero de todo ese sentimentalismo diabético que ofrece Benson interpretando a un nerd de caricatura, enamorado de su muñequita de vestido azul, me considero yo bien vacunado. Y la mayoría de comentaristas que se muestran a favor de impulsar la vista de este filme deberían buscar la salvación de sus almas, porque, por mejor que hablen, "Jeremy" fue un bodrio en su estreno, 40 años después lo sigue siendo y lo seguirá siendo. De eso, por supuesto, no estaban enterados quienes nominaron este filme a una Palma de Oro en Cannes, por no mencionar que le dieron un premio al "mejor primer trabajo". Pero, claro, el hecho de que Barron jamás hizo otra película para la pantalla grande les abrió los ojos, al final de cuentas.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Los idiotas de Gregory

"Hey, Idiot!: Chronicles of Human Stupidity" es una recopilación efectuada por Leland Gregory en 2003. Básicamente muestra cuán bruto puede llegar a ser el ser humano con el entrenamiento adecuado. Incluye segmentos sobre excusas idiotas, idiotas en educación, gobierno, medicina, abogacía, etc.
Tradicionalmente, cuando alguien empieza a escarbar en un género tan poco apacible como la estupidez humana, no lo hace de manera seria. Probablemente porque la seriedad no vende. Y esto se comprueba revisando el libro de Paul Tabori o bien el ensayo de Carlo Cipolla sobre las leyes básicas de la mencionada estupidez. Y ni hablar del famoso dicho de Einstein: "Hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; y de la primera no estoy muy seguro."

A continuación algunos ejemplos recopilados por Gregory:

Una mujer en Hamilton, Ontario, que estaba dándole el pecho a su hijo dentro de una piscina pública fue desalojada por el salvavidas a cargo. Posteriormente, ante la denuncia hecha por la mujer, los administradores dijeron que no se le desalojó por considerar alguna "exposición indecente", sino porque sus reglamentos establecen que estaba prohibido dar alimentos o bebidas a personas que se hallan en la piscina.

Un hombre acusado de intentar escapar de la autoridad al acelerar y casi atropellar a un oficial de policía, dio una explicación difícil de creer ante el juez. Adujo que sus dos perros tuvieron la culpa. El hombre indicó que uno de los perros puso una pata sobre el embrague y a continuación el otro accionó el acelerador. Me pregunto cuál será la excusa que dará Fiorella Cayo por lo que ella hizo.


Se ha oído muchas veces la expresión "el cheque está en el correo", pero esto no se aplica para los empleados postales de Norfolk, Virginia. Resulta que la oficina de correos perdió el correo donde se hallaban los cheques de bonificación navideña de los propios empleados postales. Bruce Theatte, director financiero de la oficina postal, dijo que esperaba que esta ironía no afectara la confianza en los ciudadanos.

Cuando el escultor Jack Dowd se preparaba para exhibir su trabajo
"El hombre y su perro", en el parque Tompkins Square, New York, las autoridades municipales le recordaron que debía respetar las normas sobre canes de la ciudad, de modo que se aseguraron de que "el hombre" (es decir, el de la estatua) tuviera al perro sujeto por una correa de bronce.

Una joven en Kenya se incrustó, de alguna manera, un frijol en el oído. Su familia lo llevó al médico local, quien en cuestión de minutos se lo extrajo. El médico entonces extendió una factura por 350 shilling (unos US$ 5.75). Como la familia no disponía de todo el dinero (solo tenían 275 shillings), el médico cogió a la niña y le volvió a meter el frijol en el oído. El caso terminó siendo investigado por la Asociación Médica de Kenya.


El juez Philip Mangones, de Keene, New Hampshire, declaró inconstitucional una requisa de drogas hecha en el dormitorio de dos estudiantes de la Escuela Superior Estatal de Keene. Los estudiantes habían permitido a las autoridades entrar a sus cuartos, donde encontraron seis onzas de marihuana, tras lo cual fueron arrestados. El juez falló en favor de los alumnos, aduciendo que "estaban tan drogados que no podían saber que estaban consintiendo la requisa", por lo tanto era ilegal.


Asimismo, en este libro podrá leer acerca del bombero que quemó la estación de bomberos al dejar aceite hirviendo al salir a combatir un incendio, el jugador de billar de 58 años que fue suspendido del deporte por haber dado positivo para una hormona de desarrollo muscular, etc. Revisando algunas reseñas, se nota que hay muchas personas a las que les cuesta creer que los casos son reales.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Ojos que sí ven (cuento)

La divorciada se pasaba los minutos, las horas y los días de ventana en ventana, haciendo a un lado cortina tras cortina, solo para darle trabajo a sus ojos cazadores, que jamás aprendieron a quedarse quietos. Silenciosamente, todos los acontecimientos de San Erasmo, desde su fundación, pasaron por sus retinas, lenta pero ordenadamente, como mandan las leyes del tiempo: la puesta de la primera piedra del colegio donde su hija terminó la secundaria, los planes del tendero chino para defraudar a su socio, el lamentable accidente donde el perro de don Javier perdió una pata. Las noticias siempre iban a parar, como algún cántico insoslayable, a oídos de su vecina, Juana la del veintiséis, y raudamente se reunían ambas para hacer y deshacer por el pueblo con las nuevas recibidas. Los reproches de Cristina, hija de la divorciada, hacia su madre eran débiles cuando provenían de una niña; pero ahora, convertida en una señorita y con un trabajo de dealer en un casino, podía la joven tomarse el atrevimiento de hablarle más fuerte.

            — Me tienes harta, madre. Todos los vecinos te odian. A ti y a tu comadre Juana. Casi desde que tengo memoria, las odian a las dos.

            Pero la doña seguía en sus trece. Que el portero del cine Paladio tiene encuentros con la hija del acomodador. Que las hermanastras Azcueta le roban la mercadería al jefe. Que el lunes se muda el japonés antes de que le alcance la policía. Y la gente de San Erasmo también en lo suyo: la vieja de la casita azul es una maldita soplona, la vieja y su comadre están hechas ambas de la misma escoria.

            Un lunes, la divorciada hizo a un lado por milésima vez, con dedos casi invisibles, las cortinas de la ventana principal, dejando un resquicio lo suficientemente grande para que uno de su irises, agrisado por la edad, se dirigiera hacia el jirón. Allí, en la vereda opuesta, junto a una casa de concreto, larga y firme, un grupo de hombres había traído ladrillos; otro grupo, cemento, reglas, escaleras. “Van a levantar un segundo piso”, pensó de inmediato. Días después, el ruido de los trabajos detonó. La ventana de la doña vibraba con cada andanada. “Van a vender oficinas, va a venir mucha gente y ya no habrá tranquilidad”, le decía a Juana la del veintiséis. “Seguro que no tienen licencia de construcción”. Y Juana la del veintiséis que se afanaba en ir a la alcaldía, que hablaba con el dueño del diario local, que telefoneaba a la radio. Y Cristina, que había cambiado su empleo en el casino por otro más rentable, trataba inútilmente de aplacarlas, en compañía de su pareja, Andrés. Hasta que la situación ya no dio para más.

            — Cada vez que salgo los obreros me gritan cosas. Ya no puedo vivir aquí, madre. Me quedo en casa de Andrés. Adiós.

            La hija, sin llevarse nada con ella, se dirigió hacia la puerta. Luego de casi veinte años de vivir con su madre, le ofreció tan solo una fría frase como despedida:

            — Te mandaré dinero todas las semanas.

            Y salió, cogida del brazo izquierdo de su hombre. La madre acompañó con la mirada, desde la ventana que daba hacia el jirón, el fulgor casi apagado de los faros posteriores de un vehículo negro, donde se le iba el ser al que hacía tanto tiempo le dio de beber amorosamente de su pecho.

            Ese mismo invierno la obra se paralizó. El periódico hablaba de un problema de licencia municipal. Los obreros empezaron a lanzar cosas a las ventanas de la morada azul, rompieron un vidrio que la mujer se apresuró a reparar, varios hombres fueron arrestados. Hasta que un día, cuando la primavera empezaba a estimular las corolas y las nubes dejaban, finalmente, de levantar agua sobre la ciudad, Juana la del veintiséis desapareció. Nadie dijo saber algo de ella; además, a nadie le importaba. La divorciada lloró como no lo hizo cuando partió su heredera. Cuando quiso irrumpir en el departamento de Juana, los vecinos no se lo permitieron; ese mismo día unos uniformados tapiaron la puerta, colocando asimismo señales de advertencia. La mujer recorrió los lugares donde acostumbraba charlar con su amiga, las bancas donde compartían las intimidades ajenas, visitó el pequeño río debajo del puente donde pudiera haberse caído y ahogado. Nada. Luego de diez días de caminatas inútiles, se enclaustró en la morada azul, cerró todas las cortinas y se dedicó a rezar.

            Enterada Cristina, trató de consolarla mandándole regalos; le hizo instalar una cocina nueva, pero su madre se negó a cocinar; le puso un televisor nuevo, pero la doña jamás lo encendía. Cristina siguió mandándole cosas: la casa empezó a llenarse de adornos, vestidos, confites, revistas, pero la mujer siguió honrando la memoria de su comadre, sin volver a acercarse a las ventanas, sin responder al timbre o al teléfono, sin encender la radio ni  comprar el periódico. A duras penas abría la puerta para recibir al cartero con el sobre semanal de su hija, o el alimento que le dejaba un tendero desinteresado. Afuera, la construcción volvió a iniciarse, el segundo piso fue terminado, pero nada de esto observó la mujer por no atreverse a tocar las telas que sus dedos expertos manipularon durante lustros enteros.

            La víspera de Navidad, finalmente, no pudo cerrarle el paso a Cristina, para recibir un saludo filial que quizás tardaría mucho en volver a producirse.

            — Ahora debo irme, mamá. Esta noche también tengo que trabajar.

            Cristina le dejó un gran bizcocho y algo de chocolate. La dulzura de ambos la hizo volver la mente hacia imágenes que pudo reconocer, le desató memorias que creía por siempre vencidas, perpetuamente allanadas. Hicieron eco voces infantiles, risas, bendiciones, llantos. Súbitamente, sentimientos maternales afloraron deprisa. Emociones. Reminiscencias. Estaba curada.

            Y por primera vez en meses, dejando su rincón de oraciones, se atrevió a tocar tímidamente las cortinas de la ventana principal, para ver a su hija, ataviada con minifalda roja y tacos finos, entrar del brazo de alguien que no era Andrés, quien la vigilaba de cerca, al edificio terminado, cuyo segundo piso se hallaba coronado por un letrero imponente que rezaba, con estrépito de neones, un nombre más que sugestivo.




Tomado de "Boulevard de Pequeños Incendios" (2009)
Imagen: "Woman at a Window" de Gaspar Friedrich