viernes, 15 de julio de 2016

Tan cerca y tan lejos

El día sábado 2 de este mes, como si fuera lo más natural del mundo, me partí la espalda. Es un eufemismo, claro. Hice el movimiento usual para cargar al perro (hay una escalera en mi casa que el animal no puede bajar) y algo se zafó en el sacro. Hace años tuve algunos problemas con lo que comúnmente se llama lumbago; pero de ninguna manera el ataque que me vino esta vez. Trepé con lo justo a la cama y me quedé allí, inmovilizado, por un día y medio. Pude sentarme recién el lunes y caminar un poco el martes.
A mí no me consoló el hecho de que mucha gente ha sufrido de lo mismo; es decir, mal de muchos consuelo de tontos. La segunda cosa que más me fastidió, después del dolor, fue no poder acercarme a la computadora para continuar trabajando en la novela juvenil en la que estoy enfrascado. Intenté escribir en una libreta, de espaldas, pero era una tontería y no podía mantenerme mucho tiempo de costado, a pesar de que se recomienda dormir en posición fetal en estos casos. Lamentablemente, no tengo una laptop. Tuve que confoirmarme entonces con pedirle a alguien que reduzca el tamaño de la fuente de mi archivo e imprimir parte de lo que he avanzado, para hacer correcciones. 
Ahora ya puedo pasar dichas correcciones al archivo, pero no puedo calificar la frustración que experimenté al no poder hacer lo que uno más quiero en las condiciones a las que estoy acostumbrado. Todavía no me hace bien quedarme sentado por más de media hora, de modo que estoy escribiendo a lápiz para después ingresar todo en Word e ir mandando lo avanzado a la nube. Precisamente por no poder sentarme por mucho rato, tengo que terminar de escribir esto ahora mismo, no sin antes decir que lo mío fue una doble tortura: una por no poderme poner siquiera de costado los primeros días para que me apliquen las inyecciones, y otra por contemplar la computadora, a unos cuantos pasos de mi cama, sin poder hacer nada.