jueves, 11 de febrero de 2016

Ribeyriana (Cuento)


No acostumbro revisar cosas tiradas en la vereda, pero esa tarjeta se veía tan brillante que parecía hecha de algún metal precioso. Cuando la recogí, pude comprobar que no era de crédito o similar, aunque estaba fabricada como tal: número, banda magnética, pero sin nombre, lo cual no me importó porque, al fin y al cabo, no pensaba buscar al dueño para devolvérsela.
Camino a casa, pasé delante de la carnicería, atendida por un miserable que en varias ocasiones pretendió cobrarme de más, pero dejé eso de lado al descubrir, junto a mi puerta, una invitación para asistir a la inauguración de lo que sería el club más exclusivo de esta ciudad. Sorprendido, solo atiné a pensar que sería bueno adquirir un traje adecuado para la ocasión.
En la tienda, el encargado atendía con excesiva finura a un extranjero; para no aburrirme, extraje la tarjeta recién encontrada, que se asomó en mis manos como un ópalo con números de diamante y procedí a embelesarme con su brillo. Súbitamente, el encargado dejó colgado al extranjero para acercarse a mí.
 — Disculpe, señor, por la demora. ¿Puedo ayudarlo en algo?
— Sport elegante… — balbucée, lo que bastó para que dos fulanos me trajeran cosas exactamente a mi medida. Fue todo tan abrupto. Pero lo más increíble fue lo que dijo luego:
— ¿Se dirige a la inauguración, caballero? No se preocupe por la cuenta. Pagará cuando usted lo estime conveniente.
Salí de allí con 1,200 dólares en ropa. ¿Qué diablos pasó? Pero eso no terminó ahí: esa tarde, el carnicero actuó igual cuando saqué la tarjeta negra, pues me dejó llevar a crédito dos kilos de carne con precio de filete Kobe. Por la noche, luego de un baño desmesurado, me vestí y me dirigí al club; ya en la puerta, fui testigo de una discusión entre unos vigilantes y algunas personas que también trataban de entrar.
 — ¡Lo lamento, señores! ¡Esta es noche de inauguración! El local está completamente lleno.
 — ¡Usted está discriminando, señor! ¡Le prometo que habrá consecuencias!
— ¡Repito que no pueden pasar; retírense o nos veremos obligados a…!
En ese momento, uno de los vigilantes se fijó en mí.
— ¿Podemos ayudarlo, caballero?
En lugar de mostrar la invitación, iba a tomar por instinto la tarjeta brillante; pero, justamente entonces, uno de aquellos que estaba teniendo problemas con la vigilancia se abalanzó sobre el cuello de uno de los gorilas, razón por la cual fue inmediatamente reducido, lo cual aproveché para ingresar sin ser visto, aprovechando el pánico.
En el bar se hallaban personas muy conocidas en la alta sociedad; también unas jóvenes, aparentemente más asequibles, con las cuales logré entablar conversación. Le ofrecí una copa a la que parecía líder del grupo, pero el barman estaba muy ocupado, así que le propuse sentarnos a esperar en una mesa cercana. Luego de unos minutos, la chica me salió con algo extraño:
— Bueno, creo que todos sabemos lo que debe hacer para que lo atiendan de inmediato… ¿verdad? Hubo un silencio. Esta vez yo no comprendía lo que querían decir, así que rompí el hielo contándoles el modo en que ingresé en la reunión.
— Iba a mostrar mi invitación, pero tomé una tarjeta brillante que encontré esta mañana en la vereda… Entonces hubo una trifulca, lo cual aproveché para entrar sin mostrar nada... ¿No les parece cómico?
 — ¿Quiere decir que no utilizó la tarjeta brillante para ingresar?
 Puesto que empezaron a mirarme de forma extraña, solicité una explicación. Entonces, todas se inclinaron hacia mí.
— Verá usted — dijo la más bella, en voz baja —. Lo que sucede es esto. Todos, usted incluido, somos personajes que están siendo escritos por un señor, cuyo nombre no interesa. La historia de la que somos parte la tomó de un cuento de Julio Ramón Ribeyro, donde alguien encuentra una insignia que lo convierte en un hombre importante dentro de una organización. Por eso usted encontró esa tarjeta. Lamentablemente, parece ser que nuestro escritor se acaba de desentender de la trama, porque se suponía que usted debió ingresar con la tarjeta, solicitar pasar a la sección VIP, conocer otra gente, escalar posiciones…
— Espere, espere un momento — dije, azorado — ¿Qué payasada es esta?
 — Le aseguro que no es ninguna… ¿A dónde va?
Me había levantado para no tener que seguir escuchando semejante diatriba.
 — Yo me largo — dije, pero, cuando me disponía a cruzar la puerta, la mujer insistió.
 — ¿Seguro que no sabe que Feifer estuvo en Pilsen y que lo mataron en una estación de Praga?
— ¿Quién diablos es…? ¡Cállese! — le grité, mientras sus acompañantes se reían de mí — ¡Deberían estar en un manicomio!
Una vez en la calle, pasé delante de la tienda del carnicero, donde el maldito gritó por su mercancía, exigiendo su inmediata devolución e ingresé en una librería, dispuesto a averiguar qué diablos era eso de Feifer y aclarar de una vez la situación.
— Quisiera un libro del escritor… Ribeyro, con un relato acerca de una insignia…
— ¿Julio Ramón Ribeyro?
— Ese mismo. ¿Tiene alguno…?
El tipo sonrió levemente. Sin dejar la sonrisa, dijo:
— Comprendo. Arruinó usted la trama… ¿verdad?
— ¿Tiene algo que decir al respecto? — pregunté, tratando de controlarme.
— Por supuesto — respondió —. Verá. Evidentemente, el tipo que nos está escribiendo no sabe qué más hacer con la historia, algo común cuando alguien toma un trabajo ajeno y trata de hacerlo pasar como suyo. Ahora solo falta que, simplemente, este fallido cuentista interrumpa la escritura de una vez, arroje los papeles al tacho y se vaya a almorzar. Y así terminaremos, amigo, a no ser que a él se le ocurra incluirnos en un nuevo relato… no sé.
 Aquello era demasiado. Estallé.
— ¡Ya basta! ¿Sabe? Todos en esta ciudad están locos. Usted, la tonta del club, el carnicero idiota, todos. Hablando de carne, véame, soy de carne y hueso. ¡Así que no me venga con que soy creación de alguien, porque le aseguro a usted, demente, que no me tirarán a ningún lado, no va a haber ningún supuesto nuevo relato y no habrá ninguna interrup

(Escribí esto a mediados del año pasado. La imagen fue tomada de LimaGris, pero desconozco la fuente original de la foto)


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