lunes, 30 de septiembre de 2013

Ida y vuelta (cuento)













The Morning Chronicle, avisos clasificados, 17 de septiembre de 1861

Señor

Lawrence Merriwether Burroughs, Jr.

Estimado señor Burroughs:

He leído con atención su novela “Las Onagras del Oriente”, que tan extrañas y a menudo inconsecuentes reseñas ha merecido a través de los medios literarios, y me complace decirle que, particularmente, opino con resolución que su ópera prima es uno de los textos más destacados, entretenidos y mejor trabajados que he tenido en mis manos este año. Su prosa, de pulido carácter satírico, la compararía con los primeros trabajos de Thackeray, pero asimismo con los mejores de Bulwer-Lytton, quien por cierto es de los autores que más respeto me merecen. Me pareció incluso percibir cierta influencia dickensiana en determinados párrafos. Se nota que es usted una persona muy bien instruida, y que sabe aplicar en su oficio las enseñanzas de los grandes maestros.

      Tan grande ha sido mi entusiasmo, que no he podido menos que compartir mi experiencia con mis más queridos allegados, quienes no dudaron en expresar asimismo su opinión en favor de su novela, lo cual le traerá un buen número de lectores que estoy seguro se multiplicará en los próximos días.

    Deseándole lo mejor en su ya fructífera carrera, me despido de usted muy cordialmente,           

Quentin Abraham Goodfellow,

Editor, London Reviews

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The Manchester Examiner, sección de avisos personales, 22 de septiembre de 1861

Señor

Quentin Abraham Goodfellow

Editor, London Reviews

Estimado señor Goodfellow:

No pude dejar de sorprenderme al abrir la sección de clasificados del Morning Chronicle y encontrar su misiva, fechada el 17 de septiembre de los corrientes, en la cual usted me halaga sobremanera, cosa que no merezco ya que soy muy consciente de mis humildes facultades. Digo que me hallo sorprendido, pero no sé si deba realmente hacerlo, porque como usted bien sabe, el nombre de Quentin Abraham Goodfellow, con el que usted firma, no es sino el que yo mismo le puse, para escribirme a mí mismo tal misiva, la cual me proporcionó, eso sí, momentos de agrado por provenir de tan importante revista como la que usted dirige. A decir verdad, estimado editor, no solamente no merezco vuestros parabienes, sino que no los necesito realmente para sobreponerme a las críticas de publicaciones como el Reader’s Mirror, la cual calificó mi novela como “pezuñenta”, o la del renombrado catedrático en lenguas sajonas Sir William Northington, el cual opinó que las páginas de “Las Onagras del Oriente” deberían estar engalanando los inodoros del asilo de Colney Hatch en lugar de los puestos de Burlington Arcade. Pero, de ahí a que usted, o sea yo, publique una carta que debe haberle costado su valioso tiempo y especialmente dinero, el cual, como es obvio, sale de mi bolsillo, me parece algo sumamente peculiar, por decirlo de alguna manera. No es que no lo agradezca, pero agradecería más una muestra de sinceridad suya, puesto que si de algo me precio en esta vida, a pesar de mis fracasos literarios, es de ser un hombre sincero.

         Me despido de usted muy cordialmente,

Lawrence Merriwether Burroughs, Jr.

Autor, “Las Onagras del Oriente”

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The Morning Chronicle, avisos clasificados, 26 de septiembre de 1861

Señor

Lawrence Merriwether Burroughs, Jr.

Estimadísimo autor:

Con mucha atención acabo de efectuar la lectura de su respuesta en el Manchester Examiner, con fecha 22 del presente mes, y debo expresar mi sentir acerca de sus palabras, las cuales considero producto de una comprensible desazón, motivada con toda seguridad por las opiniones vertidas en contra de su magnífica obra, las cuales considero injustas e innecesarias. Al respecto, le confieso que yo también he podido ser testigo de dichos arrebatos, porque, como usted con gran perspicacia ya lo ha manifestado en su gentil respuesta, el nombre de Goodfellow efectivamente ha sido creado por usted, o sea yo, por lo cual el sentir es obligadamente mutuo.

     Pero, volviendo a lo que nos ocupa, es decir las críticas aparecidas en las distintas tribunas dedicadas al arte de Melpómene, he de decir que no puedo estar sino disconforme con ellas, no faltaba más, como por ejemplo, con la opinión de la renombrada poetisa y miembro honorario del Pen Club, Lady Winifred Thornton, la cual afirma, como usted seguramente habrá leído ya en la prestigiosa revista Gardener’s Books, que lo único que podría hacer ella con “Las Onagras del Oriente” es arrancarle la portada de piel de cordero para hacerse una cartera. Pero, por supuesto, a pesar de que no es costumbre mía objetar las apreciaciones de una dama, por la presente me solidarizo con usted, señor, porque buena cuenta tengo de su valía, y por el respeto que me merece la bondad de su obra.

     Asimismo, aprovecho para comunicarle que, puesto que los reconocidos libreros Chapman and Hall, de la calle Strand, no tuvieron la sensatez de incluir este trabajo en su catálogo, argumentando con poca propiedad que sus lectores preferirían usar papel de seda para limpiarse las narices en lugar de tener que utilizar las páginas de su libro, he iniciado, en forma particular, la distribución de su estupendo texto, poniendo mucho cuidado en no interferir en sus labores, las cuales sé que son muy recargadas puesto que son efectuadas por mí, obviamente.
      Esperando que la presente llegue a usted a manera de desagravio, me despido con un cordial saludo,

Quentin Abraham Goodfellow

Editor, London Reviews

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The Manchester Examiner, sección de avisos personales, 29 de septiembre de 1861

Señor

Quentin Abraham Goodfellow

Editor, London Reviews

Amabilísimo editor:

No me es fácil escoger las frases con las que debo dirigirme a usted, habida cuenta que no esperaba recibir una segunda misiva de su parte, menos aún con las caras y apreciables frases dirigidas hacia mi persona respecto a mi novela que, lastimosamente, no ha sido bien acogida en los círculos literarios del reino, a pesar del esfuerzo puesto en su confección, de lo cual usted es testigo de excepción, por motivos evidentes, por no decir que las únicas misivas que realmente me llegan estos días son las del lechero, el verdulero y el carnicero, entre otros distinguidos acreedores.
      Quisiera, sin embargo, detenerme un momento para solicitarle, encarecidamente, que no haga más de estos envíos, pues si bien son halagadores, podrían causarle a su revista, London Reviews, ciertos problemas de credibilidad, no por el hecho que tal revista no existe, puesto que también es obra de mi imaginación, sino porque su contenido contradice la opinión de reputados lectores y afamados profesores de literatura, como es el caso de Sir Patrick Henry Lawford, quien, a través del Bristol Mercury, aseveró que leer cada página de “Las Onagras del Oriente” le proporcionó tanto placer como bailar la polka con una vieja asmática. Por otro lado, en estos momentos me es difícil mantener cualquier tipo de intercambio, habida cuenta de que, tras haber invertido todo mi capital en la obra en cuestión, mi situación financiera no me ha permitido asirme al hábito de comer en los últimos dos días, salvo por un tomate crudo y una col a los que pude echar mano en Brick Lane, y una sardina fresca que pude hábilmente ocultar en mi bragueta al pasar por Billingsgate. Nada de esto, sin embargo, constituye óbice para dejar de atender a su honrosa misiva del pasado 26 de los corrientes, aunque haya sido escrita por mí mismo, por lo cual me siento obligado a emitir esta rápida respuesta, con la cual considero suficiente el intercambio de comunicaciones referido a este asunto.

       Sin más que agregar, me despido nuevamente con la cordialidad habitual,

Lawrence Merriwether Burroughs, Jr.

Autor, “Las Onagras del Oriente”           

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The Morning Chronicle, avisos clasificados, 2 de octubre de 1861

Señor

Lawrence Merriwether Burroughs, Jr.

Amable y perseverante hombre de letras:

Empiezo esta última respuesta acogiéndome a su deseo de no continuar con estas comunicaciones, porque, como usted habrá podido notar puesto que es quien las escribe, es difícil para mí, o sea para usted, viajar desde Manchester hasta Londres y viceversa para dejar los mensajes y leer las respuestas. A todo esto, quisiera, sin embargo, dejarlo con unas pocas palabras más que complementen la diferente impresión que su deleitosa obra ha dejado en personas con las que he tenido el placer de charlar últimamente.

     Como soy hombre de palabra, cumplí con distribuir su libro como se lo prometí, cuidándome de hacerlo entre personas de lo más granjeado, por supuesto, y he aquí que en una recepción ofrecida por Lady Genevieve Lloyd, baronesa de Arlington — en la cual, como era de esperarse, aproveché para llenarme los bolsillos con entremeses —, el veredicto de la anfitriona dejó entrever que su trabajo goza de plena aceptación, a tal grado que la baronesa declaró que su excelente opus la acompaña en su alcoba, y tales muestras de aprecio las han hecho públicas también los muchos nobles que allí acudieron, así como las distinguidas damas que engalanaron la dicha reunión con la frescura de su presencia. Por colocar algunos ejemplos, Lord Henry Cavington, el prominente coleccionista de libros, me confió que “Las Onagras del Oriente” tiene como gran virtud demostrar, de manera brillante, que en un gran imperio como el nuestro la libertad de publicación es tan igual para las almas de dorada cuna como para las pobres bestias bautizadas con lodo, y me impresionaron sobre todo las palabras de Dame Amelia Hathaway, duquesa de Somerset, quien agradeció sobremanera el hecho que le haya concedido la lectura de su libro únicamente a ella y no a sus padres, confiándome asimismo que en ese momento ellos estaban delicados de salud y por ende fácilmente impresionables por el vómito de la chusma, aunque, debido a su gran delicadeza y diplomacia, no quiso aclarar exactamente a qué se refería.

       Agradeciendo infinitamente sus amables y consideradas respuestas, me despido muy cortésmente,

Quentin Abraham Goodfellow

Editor, London Reviews

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The Manchester Examiner, sección de avisos personales, 6 de octubre de 1861

Señor

Quentin Abraham Goodfellow

Editor, London Reviews

Estimadísimo caballero:

Es un placer terminar estas charlas con sendas muestras de afecto, tanto hacia mi trabajo, que por cierto es el suyo, como hacia su labor, que también es la mía. Sin embargo, es una enorme pena decir esto justamente cuando acabo de recibir un aviso de desahucio y asimismo haber escuchado la sentencia que dispone mi inminente traslado a la prisión de Marshalsea, a raíz de las deudas contraídas por la impresión de mi libro para la distribución de que la que usted, o sea yo, se hizo cargo desinteresadamente.

       Volviendo al asunto de su última carta, le diré que estoy colmadamente enterado de las reacciones de las personas a las que usted alude porque, como es de su pleno conocimiento, fui yo el que asistió a la recepción ofrecida por la baronesa de Arlington. Sin embargo, si la memoria no me traiciona, lo que dijo la baronesa, antes de que los guardias del palacio me invitaran amablemente a abandonar el lugar argumentando una supuesta confusión en la lista de invitados, fue que mi novela “seguramente gozará de una amplia aceptación entre la gente apropiada”, lo cual no sabría cómo interpretar correctamente, así como tampoco dijo precisamente que mi libro la acompañaba en su alcoba, sino que lo tenía debajo de la cama para nivelar una de las patas que se estaba moviendo. Sin embargo, tomo de buena fe dichos comentarios, por provenir de gente de nobles quehaceres y posiciones de rangos muy respetables.

   Finalizando, por tanto, estas comunicaciones, de las cuales agradezco profundamente las que vinieron de su parte, me despido por última vez de usted, es decir de mí,

Lawrence Merriwether Burroughs

Autor, “Las Onagras del Oriente”

o

Quentin Abraham Goodfellow

Editor, London Reviews.

           O como sea, que para el caso ya da lo mismo.