jueves, 6 de mayo de 2010

"Bitácoras" (fragmento)

Cuando no tengo ganas de escribir cosas serias, suelo burlarme de lo trágico garrapatendo uno que otro entremés como este, que cociné hace un par de años. Es parte de un grupo de pequeños textos llamado "Bitácoras", compuesto por cuatro sketches, sin título ni número. Muestro aquí solamente el primero (suficiente para que se vea, sin caber duda alguna, por dónde va la cosa).

Extracto del segundo volumen de los Records of a Researching Expedition in Northern Africa, 1839 - 1841, por el capitán James Winthrop Thompson (1797 – 1854).

“En nuestro camino hacia el Bussa desde la región de Benin, siguiendo la ruta empleada por Clapperton y Lander, llegamos al Yawri y encontramos una tribu que vivía a orillas de una pequeña cascada. Puesto que los nativos parecían gente pacífica, decidí establecer un pequeño campamento de investigaciones allí, con la intención de quedarme un tiempo junto con mi fiel ayudante Paul-Henri y mi guacamayo Longtall. Como el lenguaje de los oriundos era nuevo para nosotros, mandé que todos los demás regresaran para buscar un experto en las lenguas de la región, por lo cual me aprovisioné con alimento y agua para tres días, tiempo que tardaría la caravana en volver.
Los nativos tenían allí un altar hecho de barro ante el cual todos los hombres se inclinaban con suma reverencia. Mi compañero y yo no estábamos dispuestos a faltar a nuestra religión cristiana ni someternos al paganismo de la tribu, por lo cual me negué a la invitación de quien parecía ser el jefe, de que me acercara e hiciera lo mismo que él. En el transcurso del día aquellos aborígenes empezaron a mirarnos con peligrosidad, pero yo no tenía pensado claudicar. Pasaba frente al altar sin inclinarme, hasta que la noche segunda, que era de luna llena echaron orines y otras miserias sobre el alimento que portábamos. Paul-Henri y yo ayunamos, rezando el Credo y el Padrenuestro para mantenernos lúcidos. Me atemorizaba el hecho de que en cualquier momento nos atacaran, pero ellos se limitaban a consumir carne seca y agua potable delante de nosotros, para provocarnos. Lo siguiente que hicieron fue robarme el guacamayo, pero ni así acepté las invitaciones del jefe de la tribu para inclinarme ante su altar de herejía y abominación.
Finalmente, al tercer día nos dieron agua, poca pero suficiente: algo debía contener el líquido, pues nos quedamos dormidos casi de inmediato. Al despertar, encontré muerto a mi querido Paul-Henri; no recuerdo haber gritado de rabia como lo hice en aquel momento, en toda mi vida. Luego de sepultarlo levanté los ojos al cielo implorando misericordia. Dios escuchó mis ruegos, pues esa misma mañana llegó la caravana con el traductor, quien se dirigió inmediatamente a hablar con el jefe. Así, a través de ese buen hombre civilizado que era el traductor, me enteré de que los lugareños no comprendían por qué me demoraba tanto en mostrarme ante ellos como su tan largamente esperado dios Akeshua, que debía llegar por esas fechas de acuerdo con sus ancestros, cuando todo lo que tenía que hacer para ello era inclinarme una sola vez ante su altar.” (pp. 133 – 136, volumen extraído de la colección personal de manuscritos y agendas del Coronel RAF Arthur Silverston. Cortesía de la African Native-Serving Silverston Foundation, Boukumbé, Benin)

(Imagen tomada de la revista "The Graphic", julio de 1899)

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